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ASEDIO DE ESTA CIUDAD POR LOS FRANCESES

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Espagne.- Saragosse.- Siège de cette ville par les Français

MAGASIN UNIVERSEL, Tomo II, mayo de 1835, Págs. 257-258

Traducción: JAVIER CAÑADA SAURAS

Marzo 2018

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La historia de las guerras de la Europa moderna no ofrece un episodio más terrible, más sangriento, que el sitio y toma de Zaragoza. Hay que remontarse hasta el antiguo heroísmo de Sagunto, para encontrar una ciudad cuya resistencia pueda compararse a la de la capital de Aragón. Esta ciudad, situada a orillas del Ebro, que cuenta con alrededor de cincuenta mil almas, no era en absoluto una plaza de guerra. Todas sus fortificaciones consistían en un recinto, que contenía las casas, con una altura de diez a doce pies y destinado únicamente a impedir el contrabando. Pero los numerosos conventos, construídos en piedra de sillería, ya en el interior, ya en el exterior de sus muros, la solidez de sus casas, todas abovedadas, favorecían los esfuerzos de una población animada por el doble fanatismo de la religión y la independencia.

Cuando la revuelta de Madrid dio la señal de la insurrección contra los franceses en todo el territorio español (2 de mayo de 1808), el pueblo de Zaragoza otorgó el gobierno civil y militar de Aragón a don José Palafox y Melzi, joven oficial de veintiocho años, que poseía su confianza. A mediados de junio de 1808, el general Lefèvre-Desnouettes se desplazó de Pamplona a Zaragoza y venció a Palafox el 4 de agosto siguiente; sus tropas penetraron en la plaza y se alojaron en algunos conventos y casas; pero el desastre de Bailén les obligó a salir de ella. Sus habitantes, orgullosos de su éxito, dieron gracias a Nuestra Señora del Pilar, patrona de Zaragoza, cuyos sacerdotes les habían acostumbrado a mirar como su salvación.

La presencia de Napoleón devolvió la victoria en España. El 20 de diciembre de 1808, Zaragoza fue de nuevo sitiada por la unión de los cuerpos del general Moncey y del mariscal Mortier, llegando a un total de treinta y un mil hombres. El ejército sitiado era de cincuenta mil hombres tanto soldados como campesinos. Todos los habitantes capaces de llevar armas habían recibido fusiles proporcionados por los ingleses.

El 22 de enero de 1809, el mariscal Lannes tomó el mando de las tropas del asedio. El 26, terminada ya la colocación de todas las baterías contra la ciudad, cincuenta piezas de artillería atronaron desde la mañana y consiguieron abrir brecha. Dueños del recinto de la ciudad y de varias casas vecinas, los franceses se fortificaron allí. Entonces comenzó un nuevo tipo de guerra. Los sitiados se defendieron calle a calle, casa a casa, piso a piso. Hombres, mujeres, niños, curas, frailes, todos valientes hasta el combate personal, todos bravos hasta la muerte. La zapa y la mina se emplearon para reducir a enemigos que tenían la ventaja del número y la posición. El interior de la ciudad, atravesado por bolas de cañón, de estallidos de bombas, sólo ofrecía montones de restos y cadáveres. La peste unía sus efectos mortíferos a los de las armas. Desde principios de febrero cuatrocientas personas morían a diario, quedándose sin sepultar.

Sin embargo, el pueblo no quiere oír hablar de capitulación. Palafox es vigilado por tres frailes y tres hombres salidos de las últimas filas; tienen la misión de impedirle huir o rendirse. En fin, contagiado por la epidemia que arrasa la ciudad, Palafox dimite de su autoridad, y designa como su sucesor al general Saint-Marc, que acepta presidir una junta creada en el mismo momento. El 20 de febrero el ataque continúa, y la defensa no es menos obstinada; el general francés toma medidas para que, al día siguiente, la ciudad quede enterrada entre sus ruinas. A las cuatro de la tarde una comisión de la junta viene a tratar de la rendición de la plaza, y Zaragoza se rinde a discreción.

El 21, a mediodía, la guarnición, reducida a quince mil hombres, desfila y depone las armas. La conquista de los franceses no es más que un vasto cementerio: cincuenta y cuatro mil personas habían perecido durante el asedio; más de mil habitantes murieron aún después de la capitulación. Zaragoza presentaba el más espantoso espectáculo. “Nunca quizás”, - dice un historiador -, “el demonio de la guerra había acumulado tantos y tan terribles males en una superficie tan estrecha. Triste condición para los hombres que los vencedores tienen que celebrar una destrucción tan horrible como un acontecimiento dichoso”.

El aspecto que presenta Zaragoza es el de una ciudad rica en medio de una llanura extensa y fértil; el terreno ofrece pocos cambios; pero sus alrededores están embellecidos por cultivos variados y por edificios curiosos.

La situación de esta ciudad es soberbia; la llanura que la rodea está animada por dos ríos, el Gállego y la Huerva, que fluyen a poca distancia de sus murallas cuyos pies están bañados por el Ebro, río majestuoso. El nuevo canal de Aragón recorre el territorio de Zaragoza; jardines inmensos despliegan por todo su alrededor las riquezas más variadas de la agricultura. La pureza del cielo, la dulzura del clima, unidas a la fertilidad del suelo, hacen de este país un terreno que no puede ser ya más agradable.

Zaragoza es una de las mayores ciudades de España; pero su población no responde a su extensión. No pasa de sesenta mil habitantes.

La mayor parte de las calles de Zaragoza son estrechas, irregulares, adoquinadas con toscos pedruscos, sobre los que se camina con dificultad. Entre el pequeño número de las que se pueden citar por su anchura y su línea recta, hay que destacar la Calle Santa.

Entre los monumentos de Zaragoza, hay uno que asombra a los viajeros; es la Torre Nueva, así llamada desde el año 1504, época de su fundación. Esta torre está inclinada de una manera sorprendente y recuerda la torre de Pisa. Está edificada con ladrillos, y es de una gran altura; se sube a ella por una escalera de doscientos ochenta escalones. (Ved el grabado).

Esta ciudad posee varias iglesias que merecen ser visitadas; la de Nuestra Señora del Pilar sobre todo encierra bellezas de todas clases. Puede decirse que las artes se han reunido para decorar el interior de este templo. Se han derrochado todos los adornos que podían darle un carácter augusto, y se ha conseguido con una riqueza, una magnificencia y una exuberancia poco comunes. La arquitectura, la pintura, la escultura ofrecen en ella sus tesoros a cual mejor. Los mármoles más bellos y rebuscados, el oro, la plata, brillan allí por su esplendor; bajorrelieves y estatuas de mármol blanco, cornisas, incrustaciones de mármoles verdes, negros, jaspeados, blancos, variados hasta el infinito, se ven por todos lados.