LAS EXPERIENCIAS DE SUCHET EN EL EJÉRCITO DE ARAGÓN

Y SU INFLUENCIA EN LA ACTIVIDAD DE BUGEAUD EN ARGELIA

Autor: JEAN-YVES PUYO

Revue du Souvenir Napoléonien nº 439, año 2002

Traducido por JAVIER CAÑADA SAURAS

Diciembre 2017

 
        No es nuestra intención relatar episodios heroicos militares, ni hacer una exposición comparada de estrategia militar: la acción del mariscal Suchet en Aragón, entre 1808 y 1814, interesa al geógrafo por su carácter eminentemente organizador. Sin caer en el célebre cliché transmitido desde antaño por los historiadores y comparando la España del siglo XIX con África del Norte, las empresas de Suchet pueden asimilarse a las primeras experiencias de administración de tipo colonial de este siglo: en efecto, por primera vez, vemos en esta tarea al “militar francés organizador”, encargado de la conquista y a la vez de la gestión del territorio ante el paso a una administración civil. Señalamos que en estos principios del siglo XIX, el término de organización lo utilizan exclusivamente los guardabosques que lo crearon a fines de la Edad Media; sólo pasará a otros dominios a partir de los años 1830-1840. Por eso, no se le encuentra en la abundante correspondencia intercambiada por Suchet durante la guerra de España.

          La historia colonial francesa surge de estos militares organizadores, los Bugeaud, Faidherbe, Gallieni y Lyautey, por citar sólo a los más famosos. Ahora bien, creemos que todos son debidos a Suchet; gracias a una administración “ilustrada” de las zonas recientemente conquistadas, éste último, bien secundado por jóvenes oficiales de calidad, acabará por obtener resultados inesperados mientras toda España está sublevada. Estas experiencias, aunque limitadas, no son menos importantes, porque encontraremos a estos mismos oficiales treinta años más tarde durante la conquista francesa de Argelia, el más famoso de los cuales, el mariscal Bugeaud, fue un simple capitán durante el conflicto español.



Suchet, mariscal atípico y desconocido

        Entre los veintiseis mariscales nombrados por Napoleón, Louis-Gabriel Suchet, a falta de haber pasado a la posteridad a ejemplo de Lannes, Murat, Ney o incluso Soult, destaca como uno de los más brillantes servidores del Primer Imperio. Algunos de los manipuladores de los sables napoleónicos, unánimamente reconocidos por ser buenos conductores de hombres y bravos hasta el exceso en el combate, se confirmaron también como malos estrategas, dotados de una capacidad de reflexión mediocre seguida de un débil nivel de instrucción y que provienen de un origen social a veces muy modesto. En eso, Suchet no es de ese tipo: nace en Lyon el 2 de marzo de 1770 en el seno de una antigua familia afortunada de comerciantes tejedores. Sigue una escolaridad superior para la época (latín, historia, retórica), que se reflejará más tarde en la notable expresión escrita de su importante correspondencia militar.

        A la muerte de su padre en enero de 1789, le sucede brillantemente en la dirección de los asuntos familiares, asociándose con su hermano menor. Durante los primeros años agitados de la Revolución, Suchet no está preocupado, comprometiéndose incluso como subteniente de caballería en la unidad local de la Guardia Nacional. En 1793, mientras Lyon bascula en el campo de los Girondins, los hermanos Suchet abandonan la ciudad antes del aplastamiento de los sublevados por las tropas fieles a la Convención y se incorporan los dos a un batallón de voluntarios alistado en Ardèche, departamento en los que poseen propiedades; elegido capitán por sus camaradas, Pierre Gabriel Suchet conoce luego una carrera militar fulgurante, como cualquiera de sus futuros colegas oficiales superiores de los ejércitos republicanos, después napoleónicos. Participa en el sitio de Tolón donde se encuentra por primera vez con un joven oficial corso destinado a un final singular, Napoleón Bonaparte. A sus órdenes, se forma luego en los combates de la primera campaña de Italia ascendiendo al grado de general de brigada, a la edad de 28 años.

        Al decidir no marchar a Egipto con su batallón, comete entonces un error que hubiera podido serle muy molesto; no tendrá que cesar luego en multiplicar los gestos de alivio para reparar de cualquier forma esta “tontería”. A imagen de los ejércitos de la República, los años 1798-1799 se confirman difíciles para Suchet. Sucesivamente a las órdenes de Brune, Joubert y Championnet, demuestra sin embargo grandes cualidades de gestor como jefe de estado mayor encargado de los suministros. Pero los reveses se suceden, después la situación se estabiliza antes de que Bonaparte, de regreso de Egipto, la cambie a favor de las armas francesas durante la tercera campaña de Italia. Suchet  participa en ella activamente como general de división, consiguiendo éxitos militares notables manteniendo con mano de hierro a sus tropas mientras el resto de sus colegas se distinguen por su mala conducta.

       
El más corto período de paz que marca todo el principio del siglo XIX le deja justo el tiempo de hacer prosperar su fortuna, antes de ilustrarse de nuevo durante las campañas de Alemania, Prusia y Polonia. Los años 1807 y 1808 le ven cubierto de honores; en julio de 1807, Napoleón le concede el territorio polaco de Glenwkowo, en el departamento de Bromberg. Algunos meses más tarde, es ascendido al grado de Gran Águila de la Legión de Honor, después se le nombra conde del Imperio, título que va acompañado de la propiedad de un nuevo dominio, en Westfalia, en el distrito de Magdeburgo. En fin, en noviembre de 1808, realiza un brillante matrimonio, casándose con Honorine Antoine de Saint-Joseph, sobrina de José Bonaparte, desde hace poco rey de España por la gracia de su hermano menor.

Las particularidades de la guerra de España

        Cuando Suchet entra en este último país un mes más tarde a la cabeza de una división de infantería, la guerra está en pleno apogeo desde hacía cerca de siete meses. Lo que sólo debía ser una campaña expeditiva, seguida por la abdicación forzosa de Carlos IV y de Fernando VII en favor de José Bonaparte, se convierte en una prueba temible para los ejércitos napoleónicos. Habituados a una guerra de movimiento a base de grandes unidades, los generales napoleónicos se encuentran enfrentados, al menos durante los primeros años que preceden al desembarco de las tropas inglesas cada vez más numerosas, a una forma de combate todavía poco conocida y temible, la Guerrilla (encontrada, no obstante, durante las guerras de la Vendée y en el Tirol, en 1796).

        Una ojeada sucinta a las principales características de este tipo de combate nos permite comprender mejor el interés de las órdenes empleadas por Suchet para intentar remediarlo. Campesinos por el día y soldados por la noche, rehusando el combate en línea pero practicando emboscadas en un espacio geográfico fuertemente accidentado, y además exaltados hasta el exceso por un clero sobreabundante y fanatizado, los rebeldes españoles son difícilmente capturables. Así, las pérdidas francesas se acumulan sin resultado decisivo: “Nada parecido con respecto a los grandes Estados militares del centro de Europa, en donde las poblaciones se desinteresaban de la guerra, en donde la batalla ganada con las armas te abría ampliamente las puertas, en donde la simple ocupación de una provincia te daba en abundancia víveres y caballos, armas y cartuchos”.

        En principio, Suchet se ve encargado del asedio de Zaragoza mientras el sitio causa estragos, con su cortejo de horrores muy conocidos. Después Napoleón le confía toda la provincia en mayo de 1808, tarea temible, quedando esta región entonces asolada a sangre y fuego. Limitado al norte por los Pirineos, al sur por la Cordillera Ibérica, al este por Cataluña y al oeste por Navarra, Aragón ocupa 45.000 kilómetros cuadrados y, en este principio del siglo XIX, tiene cerca de 650.000 habitantes, con una densidad de población muy débil, del orden de 14 habitantes por kilómetro cuadrado. La agricultura queda allí difícil, menos en el valle del Ebro que constituye la parte central de la provincia y en el valle de Jaca: “Aragón posee en los bordes del Ebro terrenos fértiles en granos, en azafrán, en cáñamo, en olivares y en frutas; los bosques están allí bien cuidados; pero lejos de las orillas del río, sólo se encuentra ya un suelo árido y casi inculto”. En 1808, cerca de un cuarto de los pueblos aragoneses están ya abandonados o en vías de serlo. La modestia y el estado de las redes terrestres existentes así como un relieve accidentado vuelven muy incómodas las comunicaciones, tanto con las provincias vecinas como con Francia, vía Jaca y Olorón, a lo largo de “profundos precipicios”.

        Zaragoza, la única gran ciudad de la provincia con 45.000 habitantes (de ellos, 6.000 religiosos) sale totalmente exangüe de dos meses de sitio, siendo estimadas las pérdidas humanas, tanto civiles como militares, según los autores, de 20.000 a 50.000 muertos; además, está cubierta en sus tres cuartas partes de ruinas después de los sangrientos combates de las calles y las 32.000 balas de cañón recibidas. El comercio y la industria presentan el mismo aspecto de desolación, habiendo comprometido la guerra una situación inicial ya poco brillante. Frente a tal balance, Suchet obtiene en poco tiempo unos resultados notables, gracias a una administración ilustrada.

        La proclamación solemne de Suchet el 19 de junio de 1809 fija de cualquier forma su futuro programa de acción: los españoles se equivocan de enemigo vertiendo su sangre por unos ingleses calificados de “heréticos”. Las tropas francesas tienen como primera misión proteger la población local. Además, Suchet se compromete a restablecer el antiguo sistema administrativo y a respetar la religión y a sus ministros: “Pero ellos no olvidan que su primer deber es predicar a los pueblos la paz, el amor y el respeto por su soberano”. Sus empresas pueden resumirse con la fórmula siguiente: pacificar – organizar – y dinamizar la economía aragonesa.

Los métodos de pacificación de Suchet

        Suchet debe restablecer un semblante de paz en la provincia que se le ha confiado. Este objetivo se alcanza (aunque parcialmente según los períodos) gracias a una táctica militar innovadora; en primer lugar, dota a las ciudades de sólidas guarniciones, fuertemente provistas de suministros, tanto en víveres como en municiones, pudiendo así resistir un ataque de bandas armadas importantes hasta la llegada de refuerzos. En segundo lugar, a partir de estos puntos de apoyo, Suchet manda surcar el país por columnas móviles, grupos de algunas decenas o centenas de infantes o de caballeros, mandados por oficiales jóvenes y emprendedores, capaces a su vez de tender emboscadas a los grupos de guerrilleros españoles.

        El éxito de estas operaciones desemboca en la creación de una eficaz red de espionaje, que queda reflejada en la correspondencia de Suchet a sus subalternos. Del mismo modo, lazos de unión establecidos entre las guarniciones y la población urbana que vigilan, conducen a la recogida de informes preciosos. Durante el año 1809, las columnas móviles francesas multiplican los éxitos tanto al norte como al sur del Ebro: Jaca es liberada – se restablecen las comunicaciones con Francia –, los valles vecinos del Roncal, Ansó y Hecho, “limpiados” por las tropas de Musnier, – Villacampa y Mina, los dos jefes de banda más famosos de la guerra de España, expulsados a las provincias vecinas después de serios reveses --, etc… La correspondencia intercambiada entre Suchet y el mariscal Berthier describe fríamente este período de intensos combates contra las bandas de guerrilleros: “El 18, mil hombres han venido a atacar el 117º en Calasanz; todos llevaban una cruz en su hábito, han sido expulsados con vigor y perseguidos 6 leguas, 30 han muerto, entre los que se encontraban 3 curas, nosotros sólo hemos tenido 2 heridos”. 

         Estos combates se proseguirán sin embargo durante todo el período de ocupación francesa, a merced de los episodios agitados de esta guerra de España. Así, por ejemplo, cuando en septiembre de 1811 Suchet, por orden de Napoleón, invade la provincia de Valencia, la guerrilla retoma su actividad con mayor energía, aprovechando el debilitamiento de las guarniciones aragonesas que han debido separarse de una parte importante de sus efectivos con vistas a esta nueva ofensiva.

         Sin embargo, a fines de 1809, Suchet piensa haber vencido militarmente; así se lo comunica a su ministro de la Guerra que desde hace seis meses no ha habido allí ni un sólo francés asesinado en Zaragoza y que un sólo correo francés ha sido capturado en Navarra,” (…) después de haber muerto nueve hombres de su escolta y el resto hecho prisionero”. Según él, los nobles aragoneses estarían incluso en vías de conversión: “La clase más tenaz es la del pueblo, sostenido por los frailes en su feroz ceguera; la otra parece convertida o preparada para serlo”. Para llegar a este primer resultado, Suchet se ha desmarcado singularmente de sus otros colegas al preocuparse, desde el inicio, de una gestión diferente a la militar en la provincia que le había sido confiada.

Suchet “administrador

        Enfrentado a una desorganización profunda consecutiva, según sus propios términos, a “la debilidad o nulidad de los poderes de las autoridades (españolas)”, renueva en menos de seis meses la casi totalidad de los corregidores y alcaldes aragoneses. En el sistema de organización tradicional entonces en uso, estos últimos están encargados, entre otras actividades, de ejercer justicia, siendo examinadas las apelaciones por un tribunal ubicado en Zaragoza. Suchet reconduce estas estructuras instituyendo a la vez un nuevo tribunal especial de policía encargado de los “delitos” relativos a la insurrección, por temor a que las antiguas instituciones sean demasiado indulgentes “para esta clase de culpables”. Y, a fin de estar seguro de la abnegación de estos nuevos jueces, vela por enviar sus salarios con una gran exactitud, lo que estaba lejos de ser el caso antes de la ocupación francesa.

        La policía es por lo mismo totalmente reorganizada, con nuevo personal indígena bajo la dirección de un intendente llamado Palafox (no confundirlo con el general “leal” del mismo nombre, héroe del sitio de Zaragoza). Este nuevo cuerpo de policía conoce un gran éxito en Zaragoza, tanto en las misiones “civiles” como “militares”, al denunciar fielmente al ocupante de las actividades de los rebeldes. Además, intra-muros, la criminalidad cae significativamente; Suchet señala que, desde esta reorganización, no se ha denunciado ni un solo asesinato mientras se había producido uno cada día bajo el antiguo gobierno. Destacamos también la utilización para trabajos de utilidad pública de los delincuentes condenados a penas ligeras: limpieza de las ruinas, reconstrucción de los hábitats demasiado destruídos por el sitio, creación de nuevas plazas y replantación de las antiguas plantaciones destruídas, etc…

        Una vez más, el éxito registrado desemboca en una elección razonable de los mandos y sobre todo del pago regular del personal, gracias al producto de las multas y de algunos derechos de concesiones. Además, fuera de Zaragoza, el balance se presenta mucho más mitigado; así, por ejemplo, Suchet pide en enero de 1810 el envío de un comisario de policía a Jaca para formar una compañía de policía local, siendo los españoles juzgados totalmente “desconocedores de esta parte” y las autoridades correspondientes “sin energía”.

        Igualmente restablece los establecimientos públicos, tales como los hospicios de Zaragoza, Huesca y Teruel y el hospital de Zaragoza, reabierto y confiado a los españoles, donde se cuida correctamente a los franceses (señalamos, sin embargo, como anécdota, el envío por Napoleón a Suchet de su propio cirujano para una operación quirúrgica muy benigna).

        El caso del clero aragonés, visceralmente hostil al rey José, se confirma altamente más complejo para regular; en España desde entonces, los eclesiásticos constituyen un Estado en el Estado, con más de un 1% de la población total. Suchet sabrá dosificar hábilmente sanciones enérgicas y recompensas para llegar a sus fines: ninguna piedad para los sacerdotes y monjes capturados con las armas en las manos, siendo pasados por las armas en el acto. Los más notoriamente hostiles son, en cuanto a ellos, encarcelados en la fortaleza de Jaca o deportados a Francia. Al contrario, los eclesiásticos que han dado “pruebas de amor al orden y de acatamiento a los franceses” conocen promociones rápidas, a ejemplo del nuevo obispo de Zaragoza, llamado por Suchet. Encontrará en los religiosos incorporados una ayuda preciosa, al denunciar estos últimos sin piedad a los opositores a la ocupación francesa. Como anécdota, la descripción por Suchet de las altas autoridades clericales aragonesas se confirma muy gráfica, a ejemplo del obispo de Tarragona, “inglés de origen y de principios”: “Su ambición y amor por las riquezas le han retenido en su diócesis; sólo ha habitado largo tiempo municipios alejados de Tarragona, en los que ha habido siempre una guarnición francesa. Sin embargo, ha obedecido mis órdenes y vive desde hace varios meses en esta ciudad en la que si no hace bien, no puede hacer mal”.

        Suchet cierra algunos monasterios que incorpora a los bienes nacionales, reduciendo asimismo el número de religiosos “en su puesto” a fin de obligar “(…) a muchos ociosos a tomar un estado, y devolver al tesoro imperial una porción interesante de las rentas considerables de la Iglesia”. Así estima en diciembre de 1810 haber logrado tapar la boca al clero aragonés.

Dinamizar la economía

        Totalmente arruinada por los primeros meses de guerra, la economía aragonesa se recupera progresivamente gracias a las directivas ilustradas de su gobernador. Suchet se preocupa de la administración del viejo Canal Imperial que data de Carlos V, primordial para la circulación de mercancías en una región con una red de caminos siniestrada y con la amenaza de los guerrilleros. Por medidas de ahora en adelante “clásicas” (promociones y remuneraciones regulares), su personal está unido y las rentas recolectadas son reinvertidas íntegramente en su reparación y mejora.

        Desde su entrada en servicio, Suchet instituye un pago regular de las tropas, cada cinco días: este simple hecho permite limitar los excesos entonces frecuentes de la soldadesca que, a falta del pago de su salario, lo paga la población local. Además, esta circulación regular de dinero favorece la reactivación del comercio, lo mismo que el abastecimiento de los suministros para las tropas francesas que él se empeña en procurarse en plan local: la sal, necesaria para la fabricación de la pólvora, que él impulsa, así como el textil, el trigo, los caballos, etc…

        Desde las numerosas campañas que lanza en 1810 y 1811 en dirección a Cataluña y después a Andalucía, Suchet se esfuerza por organizar el avituallamiento de las tropas a partir de los recursos disponibles en Aragón, velando sin embargo por no arruinar la provincia. Como se lo señala al general Reille que le sucede en Zaragoza cuando parte a fines de 1811 para asediar Valencia: “Tengo que preservar a Aragón porque es de esta provincia de la que espero todos mis recursos para vivir (…). El país de Valencia tan alabado ofrece muchas naranjas, limones, piedras preciosas de color rojo oscuro, pero muy poco trigo y nada de corderos y bueyes; y desde hace cerca de tres meses que llevo aquí, sólo he recibido lo que me ha aportado Aragón (…). El ejército, hasta este día, sólo ha podido recibir, a pesar de mis cuidados, un 30% de ración de pan por hombre”.

        La toma victoriosa de Tarragona le vale la concesión por Napoleón del título de mariscal (el único dado durante toda la guerra de España) así como la posesión del ducado de Albufera, un próspero dominio andaluz de cerca de 4.000 hectáreas.

        A pesar de su buena voluntad, Suchet está enfrentado constantemente a las peticiones incesantes de fondos, que provienen tanto de su tío por alianza, José, como de París. Se queja a veces de malos favores, culpando más particularmente al clero y a las zonas conocidas por sus simpatías hacia los insumisos. Por lo mismo, se aplica localmente las disposiciones imperiales a las muy fuertes tasas impuestas a los productos coloniales, a la captura y destrucción de las mercancías inglesas entradas por contrabando; obtiene, sin embargo, un retraso para los comerciantes locales, a fin de no arruinarlos definitivamente. Los fondos son recogidos por una administración ya existente antes de la invasión, la Contaduría (de alguna manera nuestro Tesoro Público), que él depura, simplifica y supervisa con hombres fieles, estando asegurado siempre el control final por recaudadores franceses.

        Más “impresionante”: Suchet logra que los propios aragoneses fijen la tasa de sus impuestos. La Junta reunida en noviembre de 1810 y compuesta “por todos los hombres sensatos de Aragón” fija en el 75% la tasa de los impuestos de sus rentas. De hecho, los nobles validan una propuesta sugerida por su gobernador y que éste último recuerda en estos términos al general Reille: “Yo me convencí entonces como lo estoy todavía hoy que no pudiendo cubrir de tropas todos los países de mi gobierno, convenía más a los intereses del Ejército integrar a los pueblos en la conservación de los productos nacionales acordándoles un cuarto de renta, ya que así nos aseguramos la posesión de los otros tres cuartos”.

        Según el historiador Jean Morvan, este impuesto importante no representaría “(…) quizás apenas más que lo que le costaban al rey, sus funcionarios ladrones, los curas y los frailes”. Siguiendo el ejemplo francés, Suchet inicia una revisión general del catastro a pesar de la peligrosidad de tal operación. Incluso durante el período de la ocupación más en calma, por su propia confesión, “(…) ningún nuevo funcionario público puede quedarse en su puesto cuando nuestras tropas le abandonan sin que corra peligro de ser capturado”. En fin, los abusos de los soldados o de los funcionarios son castigados severamente, y los culpables pasan ante un consejo de guerra.

        Esta política razonable, aplicada también en Andalucía, da sus frutos a pesar de las vicisitudes múltiples ligadas a los episodios militares, de manera que la gestión de Aragón se vuelve rápidamente célebre en una España presa de los peores desórdenes. A ella le favorece incluso la unión de algunas tropas enemigas, reunidas en un batallón que no sobrepasará sin embargo nunca los 800 hombres. Así, por ejemplo, el mariscal Macdonald, empeñado en la pacificación de Cataluña, no vacila en alabar los encantos de la provincia vecina para hacer brotar mejor sus propias dificultades, a causa de su incapacidad para gestionar un conflicto de esta naturaleza.

        No obstante, mientras los esfuerzos emprendidos desde hace más de cuatro años parecen acabar, la situación militar se degrada súbitamente con la derrota de José en Vitoria, el 21 de junio de 1813. Amenazado de ver cortadas sus comunicaciones con Aragón y Francia, Suchet ordena un repliegue en orden hacia Cataluña, abandonando así el resultado de sus esfuerzos. Como subraya Bernard Bergerot, no se puede decir que las quejas expresadas entonces por los nobles locales hayan sido verdaderamente sinceras… La retirada de las tropas se desarrolla, sin embargo, en calma y esto, sin abandonar in situ a los enfermos y heridos, práctica entonces muy corriente.

 
La influencia de los conceptos de Suchet en la conquista argelina

        La influencia de Suchet en la conquista argelina, y después sobre todos los episodios coloniales del último tercio del siglo XIX, son innegables. Las principales figuras militares encargadas de la conquista son antiguos soldados del ejército de España, en particular del tercer cuerpo de ejército de Suchet: Valée, antiguo comandante de artillería del 3º cuerpo, futuro mariscal, luego gobernador de Argelia después de la toma en 1837 de Constantina; Bugeaud, que le sucede, modesto capitán procedente de las filas al principio de la guerra de España, también futuro mariscal y gobernador de Argelia de 1840 a 1847.

        Si la conducta de Valée permanece poco convincente desde su mando, Bugeaud sabe, al contrario, desplegar cualidades que hacen de él un digno sucesor de Suchet. Enfrentado a una situación militar muy semejante (un relieve accidentado – un clima duro – una población feroz y fanatizada), retoma el “método Suchet”, anteriormente practicado por él mismo en Aragón. En un primer tiempo, repone con vigor la táctica de las columnas móviles mientras que su predecesor, Valée, había ubicado las tropas francesas en campos atrincherados difíciles de aprovisionar, en los que morían de inanición y enfermedades. Comprendiendo alrededor de 7.000 hombres (un porcentaje sin embargo muy superior a las columnas móviles “aragonesas”) provistos de una impedimenta ligera (para dos a tres días días de víveres y municiones), guías indígenas y dos escuadrones de caballería, le permiten moverse tan rápidamente como los partidos enemigos y sorprenderlos con sus ataques. El episodio más célebre de esta guerra de movimiento es la toma de la smala (= casa y equipo de un jefe árabe) de Abd-el-Kader por una columna móvil de caballería dirigida por el duque de Aumale.

       
        Como Suchet, Bugeaud no limita sus iniciativas al simple dominio militar; él sabe en efecto que sólo la conquista política es capaz de mantener en el tiempo el resultado de los éxitos militares. También va a poner en práctica todos los “recaudaciones clásicas” ya utilizadas en Aragón y, en primer lugar, el establecimiento de una colaboración entre miembros de la población autóctona y la ocupante. Bugeaud utiliza hábilmente las disputas que reinan entre las diferentes tribus, reuniendo a su servicio los descendientes de los antiguos señores otomanos (los couloughlis). Para ello, redinamiza las estructuras de los antiguos Asuntos indígenas creados en 1833 por el gobernador Lamoricière, rebautizados Despachos árabes; compuestos por funcionarios indígenas, están encargados de la administración corriente, de la traducción y difusión de los decretos coloniales, y también de las relaciones directas con la población local y los jefes de las tribus. A ejemplo de la experiencia aragonesa, se vuelve a encontrar en Bugeaud la misma preocupación en la elección de los hombres, la distribución de los cargos, el pago regular de los sueldos y el respeto a la religión.

        Sin embargo, la conquista argelina difiere del caso español en numerosos aspectos, como por ejemplo en el problema de la valoración de lo colonial. En Aragón como en Andalucía Suchet impulsa una economía flagelante o arruinada por el conflicto a partir de estructuras ya existentes, incluso si crea algunos establecimientos, sobre todo de producción textil. En Argelia, al contrario, se comenta durante “los años Bugeaud” sobre la forma de colonización a llevar a cabo: colonización civil con el envío de emigrantes metropolitanos, o colonización militar, a partir de comunidades de antiguos soldados, a ejemplo de ciertas prácticas romanas. Incansablemente, Bugeaud defiende esta última opción que se confirma en los hechos como un ardiente fracaso… No obstante, no frena, sin embargo, la colonización civil, mandando publicar avisos de reclutamiento a obreros y labradores para los nuevos perímetros establecidos en los alrededores de Blida y de Sidi Ferruch. Subvenciona lo mismo la instalación de un dominio de 1.000 hectáreas creado por los religiosos trapenses entre Argel y Kolea pero rehusa toda ayuda para un proyecto original de comunidad social inspirada en conceptos fourieristas. Su dimisión en 1847 detiene sin embargo sus proyectos de desarrollo colonial; si la población europea en Argelia ha aumentado bajo su gobierno, pasando de 30.000 en 1841 a 110.000 en 1847, se concentra principalmente en las ciudades, volviendo a las tareas agrícolas un muy pobre porcentaje de emigrantes. ¡Este fracaso latente del desarrollo interior de la colonia ha debido sentirle muy cruelmente a este gran apasionado de la agricultura y agrónomo notable!.

El muy relativo éxito de Suchet en Aragón

        La actividad de Suchet en Aragón ha fracasado por el hecho principalmente de las vicisitudes de este conflicto singular. Su desavenencia con José – sus desacuerdos a veces con Napoleón – de los subordinados, sobre todo a nivel de los generales, de débil calidad, menos Reille y Cafarelli – de las peticiones incesantes de refuerzos para la Grande Armée en campañas sucesivas contra Rusia, después los Estados germánicos, etc… -- han obligado constantemente a Suchet a volver a iniciar sus operaciones de pacificación y esto mismo en Aragón. El éxito relativo conseguido durante un corto período resulta de la unión de una parte importante de la burguesía aragonesa, sensible tanto a la remuneración regular de sus servicios como a la defensa por Suchet de ciertas prerrogativas locales: éste último no vacila en oponerse a las múltiples peticiones de José, rehusando por ejemplo la aprobación de funcionarios aragoneses que su soberano quiere imponerle.

        Su adhesión al Emperador desde el episodio de los Cien Días le valdrá ser apartado, a la edad de 46 años, lo que le dejará tiempo para escribir sus memorias. Señalamos en fin que la prensa francesa (el Monitor del 14 de febrero de 1826) relata la emoción de los aragoneses al anuncio del fallecimiento de Suchet (el 23 de enero de 1826), de los servicios fúnebres en su memoria que se han celebrado sobre todo en Zaragoza.

        Suchet hubiera podido tener éxito seguramente en otras circunstancias pero “no se vuelve a repetir la historia”. Los archivos militares que le conciernen están lejos de haberse agotado; así, por ejemplo, se sabe muy poco de cosas sobre el Suchet “urbanista”, agrónomo o aún bienhechor de las artes y de la ciencia, dominios entre otros queridos por los geógrafos. Pensamos que sus disposiciones organizadoras han inspirado, sin embargo, directamente a sus antiguos subordinados, encargados luego de la conquista argelina, pero también indirectamente, a todos los más brillantes administradores coloniales de la segunda mitad del siglo XIX, Faidherbe en el Senegal, Gallieni en Magdagascar, Lyautey en Marruecos. Los tres llevaron una política hábil, basada en el respeto a la población local y caracterizada por ciertos éxitos brillantes. La demostración “fuerte” de esta influencia queda todavía por hacer, lo que esperamos nosotros poder emprender, aunque tal tarea se anuncia difícil.

Thomas Bugeaud

        Thomas Bugeaud (1784-1849), vélite en 1804, es teniente cuando llega a Madrid en abril de 1808, donde participa en el “Dos de Mayo”. En diciembre de 1808 está en el sitio de ZARAGOZA en la división SUCHET. Zaragoza capitula el 20 de febrero de 1809, Bugeaud es promovido a capitán el 2 de marzo. Siempre en su regimiento, el 116º de infantería, se desplaza por Navarra, por Cataluña, hasta el reino de Valencia, luchando contra los guerrilleros. El 2 de marzo de 1811 es jefe de batallón, el 6 de junio recibe la cruz. Debería pronto pasar a mayor y coronel pero Suchet no quiere separarse de él. Mayor al fin el 10 de enero de 1814, forma parte de los últimos contingentes que abandonan España en abril. El 11 de junio, fuertemente apoyado por Suchet, es nombrado coronel por Luis XVIII. En los Cien Días será confirmado coronel y será promovido a oficial de la Legión de Honor el 17 de marzo de 1815 y comandante el 8 de mayo. El 28 de junio en el Isère, ganará un combate en Conflans contra los 10.000 austro-piamonteses del general Trenk: la última batalla librada por el ejército imperial. General en 1831, en Argelia en 1836-1837, después gobernador general de Argelia de 1840 a 1847. Mariscal en 1843, duque de Isly en 1844.

 

A D D E N D A

        El futuro mariscal Bugeaud, entonces teniente, cuenta en una carta a su hermana Phillis sus vicisitudes en los Sitios de Zaragoza:

À mademoiselle Phillis de la Piconnerie.

En el vivac ante Zaragoza, el 12 de febrero de 1809.

        “(…) Estamos siempre en esta maldita, en esta infernal Zaragoza. Aunque nos hemos apoderado de sus murallas desde hace más de quince días, y seamos dueños de una parte de la ciudad, sus habitantes, excitados por el odio que nos tienen, por los curas y el fanatismo, parecen querer enterrarse en las ruinas de su ciudad, a ejemplo de la antigua Numancia. Se defienden con un encarnizamiento increíble y nos hacen pagar muy cara la más pequeña victoria.

        Cada convento, cada casa, resiste como una fortaleza, y para cada una hace falta un asedio particular. Todo se lucha metro a metro, desde la bodega al granero, y sólo cuando se ha matado a todos a golpes de bayonetas, o tirado todo por las ventanas, cuando uno puede considerarse dueño de la casa… Apenas uno se cree vencedor cuando nos tiran desde la casa vecina, por agujeros hechos exprofeso, granadas, obuses, y una lluvia de disparos. Hay que parapetarse, cubrirse muy deprisa, hasta que que se hayan tomado medidas para atacar este nuevo fuerte, y no se consigue más que agujereando las paredes, porque atravesar las calles es algo imposible: el ejército perecería entero allí en dos horas. Si bien no era bastante hacer la guerra en las casas, se hace bajo tierra. Un arte inventado por los demonios, sin duda, conduce a los minadores bajo el edificio ocupado por el enemigo. Allí, se comprime una gran cantidad de pólvora y, a una señal dada, el disparo sale, y los desgraciados vuelan por los aires o quedan sepultados bajo las ruinas. La explosión hace evacuar al enemigo a las casas vecinas, para las que teme la misma suerte; nosotros estamos apostados muy cerca, y en seguida nos precipitamos dentro. He aquí cómo caminamos en esta desgraciada ciudad; debes pensar cuántos soldados debe costar esta guerra. Cuántos jóvenes, la esperanza de su familia, ¡han perecido ya en estos escombros! Nuestra brigada ha perdido ya dos generales. El general de ingenieros Lacoste, joven de la mayor esperanza, que, salido de las escuelas desde hace poco tiempo, se encontraba ya como ayuda de campo del Emperador, ha perecido víctima de su abnegación tanto como otros. En fin, no hay día en que no se cuente con algunos oficiales entre los muertos, en proporción más que con soldados, porque el enemigo, disparando a tiro hecho, cuando nosotros atacamos, escoge sus víctimas.

        ¡Ah! Mi buena amiga, ¡qué vida!, ¡qué existencia! Hace dos meses que estamos entre la vida y la muerte, entre cadáveres y ruinas. Cuando se deberían sacar de esta guerra todos los beneficios que hemos esperado, hay que comprarlos muy caros. Lo más horrible es pensar que nuestros trabajos y nuestra sangre no servirán en absoluto para el bien de nuestra patria. Yo me acuerdo siempre de estos versos de Voltaire:

Aún si por vuestra patria

Supiérais sacrificaros;

Pero no, vendéis vuestra vida

A los que quieren pagarla.

        ¿Quién puede prever el fin de tantos males? Dichosos los que los adivinan.

        Te escribo muy tristemente, mi querida amiga, pero ¿qué quieres? El espíritu está afectado. Sin duda, si tuviera la esperanza de volver a verte pronto, me pondría muy contento, pero, ¡ay!, este momento está muy lejano. Esperando que vuelva, que Dios te conserve la alegría y la salud; él te concederá mis deseos más queridos.

        Mil cariños a Toiny y a toda tu familia.

Thomas BUGEAUD, capitán en el 116º.

 

        “Zaragoza al fin ha sido vencida, y Palafox iba a incrementar el número de sus compatriotas detenidos en Francia hasta el terrible final en 1814. Este sitio, casi tan popular al norte como al sur de los Pirineos, valió al teniente Bugeaud el grado de capitán. Por lo demás, en esta época, el futuro duque de Isly está menos preocupado de su ascenso que del Périgord, adonde deseaba tan ardientemente volver a fin de vivir todavía de su vida pasada”.

C O N C L U S I Ó N

        Después de la figura de Napoleón I, la mayor figura militar de este siglo, la más completa es la del mariscal BUGEAUD.

       Texto tomado del Comandante H. D’Ideville, antiguo prefecto de Argel, en su biografía sobre el mariscal Bugeaud.