MIGUEL SALAMERO BUESA *

 
   

Nacido el 30 de septiembre de 1760 en el zaragozano barrio de San Felipe, fue el menor de los cuatro hijos ( dos varones y dos hembras ) habidos en el matrimonio formado por Miguel y Rosa. En el ámbito de una familia de clase media, su infancia debió transcurrir con absoluta normalidad, alternando los juegos con el aprendizaje de la Gramática y Aritmética en el cercano colegio de EE. Pías, al que asistía desde su domicilio situado en la calle de la Albardería.
Mudóse la familia al popular barrio de San Pablo alrededor de 1780, donde el joven Miguel desarrollaría su vida, aprendiendo el oficio paterno.

Con el paso de los años conocería a una guapa moza llamada Rafaela Zaro, natural de la localidad de Borja, con la que contrajo matrimonio en 1787, instalándose la recién formada pareja en la calle Cedacería, 31, domicilio que habitaron hasta el año 1791 en el que se trasladaron a la que sería su vivienda definitiva en la calle de San Pablo, nº 180.
Un día, sucedía a otro, trabajaban e iban haciendo un patrimonio que un día pasaría a manos de sus seis hijos : Bárbara, Agustina, Isidoro, Miguel, Antonia y Luisa.

Fruto de ese trabajo y tesón, fue la adquisición en propiedad de un local situado en el Callejón de la China, donde albergaba a más de veinte empleados, dedicados a la elaboración de damascos y tafetanes de gran calidad. Labores muy solicitadas, respondiendo al incremento que alcanzó en el s/XVIII en nuestra ciudad el gremio de sederos , tafetaneros y pasamaneros.
De lo visto hasta ahora, podemos deducir que constituían una familia con un cierto desahogo económico, lo que les permitía disfrutar de una vida sencilla y agradable en el marco de una amable ciudad rodeada de hermosos paseos, donde no faltaban las populares verbenas, los festejos taurinos o las representaciones teatrales.

Feliz y orgulloso padre de familia, lejos se hallaba nuestro protagonista de vislumbrar el tremendo giro que inevitablemente daría su vida.
Efectivamente, Miguel Salamero experimentó el zarpazo brutal del destino un 6 de Septiembre de 1801, fecha en la que una enfermedad repentina se llevó a su esposa.
En los siguientes siete años, enterró a tres de sus hijos : Luisa, Miguel e Isidoro, y vio estallar una guerra.
Nada pudo hacer Salamero para evitar la pérdida de seres tan queridos. Más, impotente espectador de su tragedia personal, no estaba dispuesto a dejarse también arrebatar el suelo que pisaba.

En la vecina Francia, tras una cruenta revolución y un posterior periodo de caos político, surgió la figura de Napoleón, hombre brillante que acumuló en su persona todos los poderes de la nación. Dotado de un talento excepcional en el arte de la guerra, condujo a los franceses a unas cotas de poder insospechadas, al elevado precio de ensangrentar a todo un continente.
En el caso de España, obviando el tratado de amistad existente entre ambas naciones y sirviéndose de subterfugios, introdujo a sus tropas en la península, poniendo sitio a la ciudad de Zaragoza.
En tan difíciles circunstancias, contaba Salamero 47 años. Impregnado de un gran vigor y patriotismo, equipó a sus operarios y los mantuvo a sus expensas, formando un grupo de escopeteros independiente que operaría en ambos Sitios.

En la histórica jornada del 4 de Agosto, las tropas francesas consiguieron entrar en la ciudad. Un destacamento penetró por la brecha abierta en los muros de la Torre del Pino, llegando a la calle del Azoque. Salamero, encontrándose en las inmediaciones, en circunstancias en las que reinaba el natural desconcierto, hizo gala de un gran pragmatismo, percatándose de la importancia estratégica del punto, lo que le movió a asumir la defensa del convento y huerta de Santa Fe, impidiendo el avance francés por este lado y el Arco de San Roque. Recordemos que estamos hablando de un amplio sector, por lo que sería no sólo una injusticia, sino un error histórico el pretender que el mérito de la defensa de esta zona se debió únicamente a Salamero. Ahí estuvieron también Santiago Sas y sus hombres luchando denodadamente durante todo el día en los conventos de Santa Rosa y San Ildefonso.

Tan valiente defensa, vino a desmontar el plan trazado por el General en jefe Verdier, cuya pretensión era alcanzar el Coso por este punto para darse la mano con el destacamento que entrando por el Monasterio de los Jerónimos, bajó por la calle de Santa Engracia, doblando por el Coso a la izquierda hasta llegar a la plazuela de las Estrévedes donde debía unírseles la caballería polaca. Caso de verificarse la maniobra, ambos destacamentos hubieran sorprendido por retaguardia a los defensores de las puertas de Sancho y del Portillo.

El comportamiento de Miguel Salamero contribuyó enormemente a que la operación no alcanzara el éxito previsto por el alto mando francés. Así lo reconoció Mosén Santiago Sas en la carta dirigida al general Palafoxel 25 de Noviembre, en la que hace patente el heroísmo y temple demostrado por nuestro protagonista en tan comprometido día, pidiendo para él el Escudo de Distinción.

No fueron los franceses ajenos a hombres que tanto destacaron, y nuestro protagonista al igual que otros tantos paisanos que como él se significaron, fue incluido en una de las cuerdas de presos que tras la capitulación salieron de Zaragoza, logrando evadirse a la altura de los Pirineos, donde permaneció hasta la liberación de la ciudad.
Palafox, reconoció su patriotismo y generosidad concediéndole el Escudo de Defensor del Primer y Segundo Sitio además del merecido Escudo de Distinción.

Arruinado en la empresa de restaurar al legítimo soberano en el trono de España, se acogió a la caridad de su hija Bárbara, quien cuidó de él hasta su muerte, ocurrida el 8 de enero de 1840 cuando contaba ochenta años de edad.

Nuria Marín 

( * ) Resumen del trabajo publicado por la autora en el nº 24 de la revista Cuadernos de Aragón, editada por la Institución "Fernando el Católico", donde se aporta la documentación pertinente.