RADIO BICENTENARIO
(Temporada 2008-2009)
 

 

Onda Cero Zaragoza, 5ª época, programa nº 23

Emitido el viernes 27 de febrero de 2009

Interviene: Paco Escribano y José Antonio Alaya. Con la colaboración de Emilie Kuczynska y Mathieu Lelarge.
 

El programa del 27 de febrero ha sido el último y muy extenso, por lo cual, las grabaciones se han dividido en cuatro partes.    
I Parte     II Parte     III Parte     IV Parte

 

 

ZARAGOZA 2008: BICENTENARIO DE LOS SITIOS
 

                                           AGENDA.

 

Hasta el 28 de febrero. Palacio de Capitanía.

Exposición de Filatelia y Cartofilia sobre Los Sitios.

Asoc. Filatélica Zaragozana y Comandancia Militar

ENTRADA LIBRE.

Hasta el 8 de marzo. Casa de los Morlanes

Exposición fotográfica: “La Zaragoza del Bicentenario”

Ayuntamiento de Zaragoza.

ENTRADA LIBRE.

Hasta el 29 de marzo. Centro de Historia

Exposición fotográfica: “Sarajevo: el último asedio”, de Gervasio Sánchez.

Fundación Zaragoza 2008.

ENTRADA LIBRE.

Hasta el 15 de abril. Paraninfo de la Universidad.

Exposición de José Luis Cano: Dibujos originales de su libro "Las Sitiadas"·

Fundación Zaragoza 2008

ENTRADA LIBRE.

Hasta el 10 de mayo. Paraninfo de la Universidad.

Exposición "Miradas sobre la Guerra de la Independencia”.

Biblioteca Nacional de España y Fundación Zaragoza 2008

ENTRADA LIBRE.

Hasta el 17 de mayo. Palacio de Sástago.

Exposición central del Bicentenario:

“Los Sitios de Zaragoza”.

Fundación Zaragoza 2008 / Diputación Provincial

ENTRADA LIBRE.

Hasta el 24 de mayo. La Lonja.

Exposición central del Bicentenario:

“Los Sitios de Zaragoza”.

Fundación Zaragoza 2008 / Ayuntamiento de Zaragoza.

ENTRADA LIBRE.

27 de febrero, 19 h.

Biblioteca “María Moliner” (Universidad)

Presentación del libro Los Sitios de Zaragoza, del Barón de Lejeune, editado por Pedro Rújula.

Institución “Fernando el Católico”

ENTRADA LIBRE (se obsequia ejemplar)

27 de febrero, 18,30 h. Casino Bilbilitano (Rúa de Dato, 17, Calatayud).

Acto de Clausura del Espacio Warsage:

18,30 h: Misa. San Pedro Francos.

19,30. Conferencia "La Capitulación de Zaragoza", de Santiago Gonzalo y Francisco Escribano (A.C. “Los Sitios”).

Casino Bilbilitano / A.C. “Los Sitios de Zaragoza”

ENTRADA LIBRE.

28 de febrero y 1 de marzo.

Zaragoza

Recreación histórica de Los Sitios de Zaragoza:

12,00. Plaza del Pilar.

18,30. Paseo de la Independencia.

20,30. Puente de Piedra.

11,00. Aljafería.

Fundación Zaragoza 2008 , A.H-C. “Voluntarios de Aragón” y Asociación Napoleónica Española

ENTRADA LIBRE.

4 de marzo, 17 horas. Centro de Cultura de Villanueva de Gállego.

Conferencia: “El papel de la mujer en la Guerra de la Independencia”. Nuria Marín (A.C. “Los Sitios de Zaragoza”)

Ayuntamiento de Villanueva de Gállego

ENTRADA LIBRE.

 

Puede encontrar la agenda actualizada de los actos de todo el año, no sólo con los ya confirmados, sino también con otros en diversas fases de organización y que incluso podrían no llegar a realizarse en:


 

CRÓNICA DE ZARAGOZA, LUNES 27 DE FEBRERO DE 1809
 

Zaragoza está en paz. Una vez comprobada la inutilidad de seguir resistiendo, la Junta Suprema de Gobierno firmó la rendición de la plaza en la noche del día 20. En cumplimiento de lo estipulado, las tropas españolas entregaron las armas frente al Castillo al mediodía del 21, al mismo tiempo que las gloriosas tropas imperiales ocupaban las puertas y principales plazas de la ciudad. De inmediato han comenzado las tareas de desescombro de las calles y de entierro de los cadáveres que la enfermedad, el fanatismo y la incuria habían dejado en las puertas de las iglesias. Asimismo, se ha creado una nueva junta de gobierno, que está tomando disposiciones para recuperar la normalidad en los servicios y abastecimientos.
 

Bando

El Excelentísimo Señor Mariscal Lannes, Duque de Montebello, General en Jefe de Su Majestad Imperial y Real, ha concedido perdón general a todos los Vecinos de Zaragoza, y permiso para salir libremente de la misma a todos los que lo desean para preservarse de la Epidemia, a excepción de todo Militar Español, a quienes se prohíbe salir sin su permiso firmado del Excelentísimo Señor General Gobernador Laval.

También concede perdón dicho Señor Mariscal a todos los habitantes de Zaragoza que se unieron a las tropas de Perena, y quiere además que todos los Vecinos que se hallan fuera de la Ciudad se restituyan a sus hogares, donde podrán vivir tranquilamente y sin recelo alguno, con tal que entreguen sus Armas a los Alcaldes de Barrio, quienes las harán conducir al Castillo, y entregarán al Gobernador de la Artillería francesa.

La Junta Suprema de Gobierno manda publicar este Bando para que llegue a noticia de todos la benignidad y general protección que Su Excelencia dispensa a todos los habitantes de esta Ciudad, de quienes se espera que corresponderán, guardando el mejor orden y armonía con la Tropa Francesa.

Pese a la clara responsabilidad en que han incurrido algunos españoles, que a través de la pluma y el micrófono han mantenido el espíritu de resistencia mediante el engaño y la maledicencia, el Mariscal Lannes no ha querido tomar represalia alguna contra ellos. Por tanto, deben ser desmentidos los rumores que corren acerca de la desaparición de los sacerdotes Basilio Boggiero y Santiago Sas y de los locutores de Onda Cero Zaragoza. Seguramente han huido para seguir engañando al noble pueblo español, tratando de impedir que el progreso y la ilustración lleguen a esta tierra hasta ahora dominada por la superstición y el nepotismo.
 


FUENTES:

-      ALCAIDE IBIECA, A. Historia de los dos sitios que pusieron a Zaragoza en los años de 1808 y 1809 las tropas de Napoleón.

-      BELMAS, J. Zaragoza, 1808 y 1808. Los Sitios vistos por un francés. Comuniter, 2003.

-      CASAMAYOR, F. Años políticos e históricos de las cosas sucedidas en Zaragoza (1808-1809), Comuniter, 2008.

-      CASAMAYOR, F. Diario de Los Sitios. Comuniter, 2000.
 


Faustino Casamayor. Diario de Los Sitios de Zaragoza. 20 DE FEBRERO DE 1809

Hoy llegó Zaragoza al más alto grado de heroicidad y sufrimiento, pues habiendo sufrido con el ánimo más constante un diluvio de bombas, granadas y balas rasas y no teniendo ya otro recurso, reunidos sus vocales, mandaron un parlamentario pidiendo 24 horas de treguas al general francés. Su respuesta fue que, no capitulando dentro de dos horas, iba a entrar atacando y a discreción. Como no se le contestó, empezó el más terrible bombardeo y cañoneo que se había oído en todo el sitio, pues en ese corto espacio de tiempo que fue de 3 a 5 de la tarde arruinaron muchísimas casas y provocaron infinitas muertes, con tal exceso que la campana del reloj no podía dar todos los avisos.

Al ver la cosa en tan último apuro, no poder sufrir tantas desgracias como a cada paso se veían y oían, estar toda la tropa amilanada y casi muerta, acudieron los vocales a Su Excelencia, el que, siguiendo en su indisposición con bastante aumento, confirió todas sus facultades a la Junta, la cual, convenida en los puntos más conformes a la religión, al honor de esta ciudad y su benemérito vecindario, hizo poner bandera parlamentaria en la Torre Nueva, con cuya novedad cesó inmediatamente aquel fuego tan infernal y furioso y se presentó un oficial francés.

Reunido éste con los comisionados, que lo fueron los señores regente de la Audiencia, el caballero Intendente, el marqués de Fuenteolivar, el brigadier D. Manuel Peñas, inspector de infantería, y el teniente coronel D. Mariano Cerezo, gobernador del Castillo, pasaron a presentarse al mariscal Lannes, duque de Montebello, general en jefe del ejército francés en la Casablanca, y otorgaron la capitulación que firmaron ya alta noche.

Carta de Capitulación de la Ciudad de Zaragoza

Artículo 1º. La guarnición de Zaragoza, saldrá mañana 21 a medio día de la ciudad con sus armas por la puerta del Portillo, y las dejarán a cien pasos de dicha puerta.

2º. Todos los oficiales y soldados de las tropas españolas harán juramento de fidelidad a Su Majestad Católica, el rey José Napoleón primero.

3º. Todos los oficiales y soldados que hayan prestado el juramento de fidelidad quedarán en libertad de entrar en el servicio en defensa de Su Majestad Católica.

4º. Los que de entre ellos no quisieren entrar en el servicio, irán prisioneros de guerra a Francia.

5º. Todos los habitantes de Zaragoza, y los extranjeros, si los hubiere, serán desarmados por los alcaldes, y las armas puestas en la puerta del Portillo el 21 al medio día.

6º. Las personas y las propiedades serán respetadas por las tropas del emperador y rey.

7º. La religión y sus ministros serán respetados, y serán puestos centinelas en las puertas de los principales templos.

8º. Las tropas francesas ocuparán mañana al mediodía todas las puertas de la ciudad, el castillo y el Coso.

9º. Toda la artillería y las municiones de toda especie serán puestas en poder de las tropas de Su Majestad el emperador y rey mañana al mediodía.

10º. Todas las cajas militares y civiles (es decir, las tesorerías y cajas de regimiento) serán puestas a la disposición de Su Majestad Católica. Todas las administraciones civiles y toda especie de empleados harán juramento de fidelidad a Su Majestad Católica.

11º. La justicia se distribuirá del mismo modo y se hará a nombre de Su Majestad Católica el rey José Napoleón primero.

Cuartel general de Zaragoza a 20 de febrero de 1809.

Salida de las tropas españolas según la narración del oficial sitiador Barón Lejeune.

Al rayar el día 21 de Febrero, todos los puestos exteriores de la ciudad estaban ocupados por los franceses. Al mediodía nuestro ejército, poco numeroso pero imponente por su marcial presencia, estaba alineado en orden de batalla, con la yesca encendida, dando frente al Ebro, sobre la carretera de Alagón. Tenía, además, sus reservas bien colocadas para el caso de algún contratiempo. La columna española desfiló en formación con sus banderas y sus armas.

Jamás un espectáculo más triste ni conmovedor vieron nuestros ojos. Trece mil hombres, enfermos, llevando en la sangre el germen del contagio y todos espantosamente demacrados, con la barba larga, negra y enmarañada, sin fuerza siquiera para sostener sus armas, se arrastraban lentamente al compás del tambor. Sus ropas estaban sucias y destrozadas. Todo en ellos reflejaba el cuadro de la más espeluznante miseria.

Sin embargo, un sentimiento de orgullo y de fiereza indefinible aparecía aún a través de los rasgos de sus lívidos semblantes, completamente ennegrecidos por el humo de la pólvora y sombríos de ira y de tristeza. El ceñidor español, de color vivo, dibujaba su talle; el gran sombrero redondo, adornado con negras plumas de gallo ó de buitre, sombreaba su frente, y la capa gris o la manta echada al desgaire por encima de los variados trajes de aragoneses, catalanes y valencianos llegaban hasta dar gracia, y casi puede decirse elegancia, a sus vestidos destrozados en tan nobles fatigas y a los negruzcos harapos con que estaban cubiertos aquellos vivientes espectros.

Sus mujeres y sus hijos llorosos, que obstruían las filas, tornaban con frecuencia su corazón a la Virgen, a quien imploraban todavía. Muchos de aquellos bravos, en el momento de deponer las armas y entregarnos sus banderas, sintieron un acceso violento de desesperación. Sus ojos centelleaban de cólera y sus miradas feroces parecían que contaban nuestras filas y que sentían vivamente haber cedido ante un número tan pequeño de enemigos. Partieron para Francia y ¡Zaragoza estaba conquistada!

Así terminó aquel sitio memorable que tiene semejanzas sorprendentes con los de Sagunto, de Numancia y de Jerusalén.
 

Relato de BELMAS del 20 de febrero de 1809

Al día siguiente, 21 de febrero, a mediodía, la guarnición salió por la puerta del Portillo. Desfiló delante del mariscal Lannes y depuso las armas al pie del Castillo. De 31.000 hombres de que se componía al principio del Sitio, no contaba más que con 8.200. Daba pena ver a estos desgraciados. Se recogió aún un gran número de soldados que se habían ocultado en las casas y, añadiéndolos a los que se había capturado en el arrabal, el número de prisioneros se elevó a 12.000. El resto de la guarnición se encontraba en los hospitales o había perecido por las armas o por las enfermedades. Los prisioneros fueron inmediatamente enviados a Bayona en tres columnas, bajo la escolta del general Morlot, con el 116º y el 117º de línea. El mariscal Lannes ordenó partir al mismo tiempo hacia París, al general Lejeune, ayuda de campo del príncipe Berthier, rnayor general, para anunciar al Emperador la caída de Zaragoza. Nombró al general Laval gobernador de la ciudad y creó una nueva junta. Los habitantes fueron desarmados por la autoridad municipal. Una guardia fue colocada en el palacio de Palafox, para asegurar su persona, en espera que pudiera ser conducido a Francia. Nuestras tropas ocuparon las puertas de la ciudad y las calles principales, pero el ejército quedó acampado fuera de los muros para evitar el contagio de la epidemia.

En la ciudad se encontraron noventa y dos bocas de fuego. Cincuenta y tres cayeron en nuestro poder durante el sitio, lo que hacía un total de ciento cuarenta y cinco. Tomamos también veintiuna banderas. En los almacenes no quedaba más que un poco de pólvora y unos cuantos proyectiles. Quedaba aún a los habitantes una gran cantidad de vino, de aceite y de trigo para más de seis meses pero, privados de molinos, estaban obligados a moler el grano con piedras para obtener harina.

Causaba horror ver la ciudad. Se respiraba un aire infecto que sofocaba. El fuego que todavía consumía numerosos edificios cubría la atmósfera con un espeso humo. Los barrios donde los ataques habían sido conducidos no ofrecían más que montones de ruinas mezcladas con cadáveres y miembros esparcidos. Las casas, destrozadas por las explosiones y por el incendio, estaban acribilladas por aspilleras o por agujeros de balas, o derrumbadas por las bombas y los obuses; el interior estaba abierto por largos cortes para las comunicaciones. En la cumbre de algunos paños de muralla aún en pie, fragmentos de tejados y de vigas suspendidas, amenazaban con aplastar en su caída a los que se aproximasen. A lo largo del Coso, que formaba la frontera de nuestra conquista, el suelo estaba levantado por el efecto de las minas y de las bombas, las puertas y las ventanas estaban tapiadas con sacos de tierra, colchones o con muebles; todas las calles adyacentes estaban obstruidas por parapetos y escombros. La población, retirada a los barrios menos expuestos a los ataques, se había amontonado en los sótanos y en los subterráneos más húmedos para buscar allí un refugio contra las bombas. Los hospitales estaban abandonados y los enfermos, medio desnudos, erraban por la ciudad como sombras lívidas saliendo de las tumbas y expiraban en medio de las calles. La plaza del Mercado Nuevo ofrecía sobre todo el espectáculo más desolador. un gran número de familias cuyas casas habían sido invadidas o destruidas, se había cobijado bajo las arcadas; allí, los viejos, las mujeres, los niños yacían mezclados, sobre el pavimento, con los moribundos y los muertos. En este lugar de sufrimiento no se oía más que los gritos arrancados por el hambre, el dolor y la desesperanza.

El 24 de febrero, el ejército tomó las armas y el mariscal Lannes, acompañado por el duque de Treviso, los generales y los estados rnayores, hizo su entrada solemne en Zaragoza. Fue recibido bajo la portada de Nuestra Señora del Pilar por el clero de la ciudad, estando a la cabeza el obispo de Huesca, que reemplazaba al arzobispo ausente. Los mariscales tomaron asiento en dos sillones dispuestos frente al altar mayor; había un tercero para el general Junot, que no quiso asistir a esta ceremonia La junta y las diferentes autoridades prestaron juramento de fidelidad al rey José. El obispo pronunció un sermón sobre las desgracias de Zaragoza, que emocionó a todos los asistentes. Enseguida entonó un Te Deum en acción de gracias por nuestra victoria.

Así cayó Zaragoza, tras un sitio de cincuenta y dos días de trinchera abierta, de los que veintinueve habían sido para adueñarnos del recinto y veintitrés en avanzar casa por casa. Los españoles exaltaron mucho esta heroica defensa. Y es cierto que nunca se había visto a una ciudad abierta sostener un sitio tan pertinaz, y la elevación de ánimo de que dieron pruebas los habitantes es uno de los más admirables espectáculos que ofrecen los anales de las naciones, después de los sitios de Sagunto y de Numancia. Sin embargo, al juzgar los hechos, se debe estar menos sorprendido de la defensa que del ataque. ¿Qué se ve, en efecto? Por un lado un ejército de más de treinta mil hombres acrecentado aún por la elite de la población del país y refugiado en una ciudad considerable, apoyado en la solidez de sus propias casas y defendida por fortificaciones que, aunque improvisadas, no eran menos respetables. Por otro lado, un cuerpo de doce o trece mil hombres proporcionando apenas cada día cuatro mil hombres de servicio, tanto para los ataque como para la guardia de las trincheras y las casas conquistadas, penetrar, a pesar de todos los obstáculos y la desventaja de número, hasta el corazón de la ciudad Y mantenerse allí y conservar siempre la ofensiva, mientras que el enemigo tan numeroso, podía reunir todas sus fuerzas sobre un mismo punto y reconquistar en un momento lo que nos había costado tantos esfuerzos y pérdidas. No habíamos podido disimular los peligros ni las dificultades de nuestra posición; hasta el fin del sitio habíamos tenido el cuidado de atrincherarnos en los barrios de la ciudad que habíamos invadido para compensar la debilidad numérica de nuestras tropas y este método hubiera resultado insuficiente si el enemigo hubiera hecho contra nosotros un uso más frecuente de minas. Tanto era el temor que tenían nuestros soldados. El gran brillo de este sitio debe pues reflejarse más aún sobre los sitiadores que sobre los sitiados.

Tuvimos alrededor de tres mil hombres de infantería muertos o heridos. Mil quinientos soldados estaban en los hospitales y cada día moría un gran número por el tifus. Las tropas soportaron privaciones y peligros con un coraje digno de los más grandes elogios; los polacos rivalizaron en celo con los franceses.

La artillería disparó contra la plaza 32.700 balas, bombas u obuses; consumió 69.325 kilogramos de pólvora, sin incluir los 9.500 empleados en las minas. Únicamente con mucho esfuerzo logró hacer llegar bastantes municiones para abastecer el desarrollo de los ataques, no tenía más que un reducido número de caballos, y los carros de la zona eran tan pequeños y tan malos que no podían ser cargados, cada uno, con más de cuatro quintales. Si no hubiera tenido a su disposición el Canal de Tudela, el sitio hubiese sido imposible. Tuvo un oficial muerto y cinco heridos, diez suboficiales o soldados muertos y treinta heridos; dieciocho auxiliares de infantería quedaron fuera de combate.

El cuerpo de ingenieros se cubrió de gloria y acrecentó su ya antigua reputación. Veintisiete oficiales fueron puestos fuera de combate; once murieron en el campo de batalla o poco después de haber sido retirados. Ciento cincuenta y seis zapadores o minadores resultaron muertos o heridos. El mariscal Lannes y el ejército entero se deshicieron en elogios con los oficiales de ingenieros: se citaron los servicios que habían prestado, se hablaba de su inteligencia en la conducción de los trabajos, de su bravura en los ataques, de su sangre fría en los peligros. Las tropas recordaban que les habían visto a su cabeza, bien para abrir las casas con la ayuda de los zapadores y de los minadores, bien para guiarles hacia las brechas en medio de escombros, de minas y de un laberinto de casas. Les agradaba reconocer que su inteligencia en una guerra semejante había ahorrado a menudo mucha sangre.

La pérdida de los españoles causada por las armas pero sobre todo por la epidemia fue incomparablemente más grande que la nuestra. Siguiendo los censos efectuados por las autoridades españolas, perecieron en Zaragoza durante el sitio, 53.873 individuos, de los cuales, al menos la mitad, eran campesinos refugiados. Los habitantes que habían escapado al bombardeo y a la epidemia, estaban delgados, lívidos y parecían fantasmas. La mayor parte se apresuraron a abandonar la ciudad para respirar aire puro en el campo o recuperar sus hogares: Zaragoza se encontró casi desierta. Se comenzó a quitar los escombros de las calles, a enterrar los cadáveres y sanear la ciudad. El coronel Rogniat empleó a los zapadores y minadores para demoler las fortificaciones del recinto. El Castillo fue puesto en estado de defensa, recibió una guarnición de trescientos hombres y fue armado con treinta y tres bocas de fuego, de las cuales doce morteros u obuses que fueron dirigidos contra la ciudad para mantenerla en la obediencia.