MIGUEL SALAMERO BUESA *
 

 

Con los padecimientos de los Sitios muy lejanos, a la ciudad de Zaragoza le cabe la satisfacción de ser la protagonista principal de la obra de Józef Mroziński (1784-1839). Mroziński participó en los Sitios como capitán y destacó en la acción. No obstante, al valor histórico de su obra hay que añadir el literario. En el terreno militar, Mroziński llegó a convertirse en edecán del mariscal Suchet en España y alcanzó el grado de general. Su participación en la insurrección armada contra Rusia en 1830 lo que le costó dos años de deportación. Sin embargo, su fama mayor fue como lingüista (se le considera el más importante lingüista polaco hasta Jan Baudoin de Courtenay). Curiosamente, esta vocación tardía nació a raíz de la publicación de «El asedio…». Aunque tuvo un gran éxito de público, recibió muchas críticas por su incorrección en el estilo. Mroziński había nacido en el territorio anexionado por Austria en la primera partición, por lo que recibió una educación en alemán y francés, hasta el punto que escribía mejor en esta última lengua que en polaco. En respuesta a aquellas críticas, Mroziński publicó «Primeras reglas de la gramática de la lengua polaca» en 1822, lo que dice mucho sobre su carácter.

Mroziński relata en sus memorias el detalle de muchas de las acciones del Coronel Józef Grzegorz Chłopicki y de otros soldados polacos. Sin embargo, su obra fue la causante en buena medida de lo que el profesor polaco Kieniewicz ha denominado el “antimito” de Zaragoza en la conciencia nacional polaca.  Resulta chocante saber que los soldados polacos que con pericia y tesón se batían en las calles de Zaragoza trataban de recuperar la independencia de Polonia, al igual que los españoles resistían rabiosamente en nombre de la suya. En ambos casos, su extraordinario sacrificio resultó bastante mal pagado. Los unos nunca vieron reconstituida la soberanía de su país; los otros volvieron a quedar sumidos en un régimen absolutista retrógrado. Eso sí, la gesta del pueblo zaragozano alimentó el espíritu romántico de los polacos durante más de un siglo, avivó sus mentes en los momentos de enardecimiento y fortaleció sus corazones ante la derrota. A diferencia de Somosierra, los polacos recuerdan Zaragoza con sentimiento de culpa. Quizás sea esa la razón por la que en la Tumba del Soldado Desconocido de Varsovia, el nombre de la heroica e inmortal ciudad de Zaragoza no figura en las placas conmemorativas de las victorias del Ejército polaco.