El COLEGIO ESCUELAS PÍAS
DURANTE LOS SITIOS DE ZARAGOZA

 


Santiago Barcelona Gracia
Profesor del colegio "Escuelas Pías"
Publicado en la revista "Vínculo"

 

 
 

          Año 2008. Zaragoza conmemorará los 200 años de un importante hecho histórico que tuvo como protagonista la ciudad y con ellas sus gentes: LOS SITIOS DE ZARAGOZA. Hombres y mujeres sin distinción social unidos por un objetivo común: resistir al ejército francés que pretendía apoderarse de la ciudad en el marco de la Guerra de la Independencia.

        Y entre los protagonistas, nuestro Colegio, el único de la ciudad que existiendo entonces continúa existiendo ahora y en el mismo emplazamiento. Estas líneas pretenden ofrecer un pequeño bosquejo de su historia en aquellos años de 1808 y 1809: ejemplos de su labor callada pero significativa.

El Colegio ya se encontraba en la ubicación que tiene actualmente aunque no con la misma estructura. Y por lo tanto fue testigo de muchos de los principales acontecimientos que narran los libros de historia. Y hablando de libros, esas maravillosas máquinas del tiempo que pueden sumergirnos en cualquier época de la historia: en la Biblioteca de la Comunidad Escolapia se guarda uno fundamental para nuestra misión: el Lucero, que es el Libro de Crónicas que narra con sencillez los sucesos y el ambiente de aquellos terribles días.

¿A quién debemos su redacción? El P. Dionisio Cueva nos cuenta en su libro Las Escuelas Pías de Aragón (1767-1901) que fue obra del P. Camilo Foncillas, rector de la Comunidad entre 1801 y 1814. Dejemos que sea el cronista quien nos vaya informando de los principales acontecimientos.
 

 
 

 EL PRIMER SITIO (15 de junio - 13 de agosto de 1808)

 
          Durante el mismo cayeron en el Colegio 37 bombas y granadas “con muchísimo estrago, especialmente en el seminario (internado) y en los tejados y bóvedas del altar mayor”. Especial interés tiene lo acontecido el 2 de julio:
 
 

       Creyendo los franceses que la ciudad estaría ya consternada y que no hallarían resistencia, dieron el día 2, antes del amanecer, un asalto con todas sus fuerzas a la puerta del Portillo. Corría un vientecillo suave de la parte del Moncayo que hacía que los tiros de asaltadores y asaltados llegasen con tal viveza a nuestros oídos que parecía no distaban veinte pasos del centro de la ciudad. Con esto corrió por toda la Parroquia la voz de que estaban ya dentro los franceses, ganada la puerta; y comenzó a llenársenos el colegio de gentes, especialmente de mujeres, que pedían con lágrimas las dejásemos entrar en la iglesia para que, supuesto que habían de morir, las cogiese allí la muerte.
 

 
            Dada tal situación, el P. Rector llamó a todos los religiosos al Oratorio:
 
         para deliberar quid opus esset facto (qué se había de hacer) y que cada uno dijese libremente si convendría abandonar el colegio o quedarnos en él para defenderlo hasta el último extremo, no hubo uno solo que titubease, sino que todos a una resolvimos tomar el segundo partido; inmediatamente, recogiendo cuantas piedras, ladrillos y cascos se encontraron en los corrales y lunas del colegio y seminario, se colocaron junto a la ventana que cae a la calle, encima de la portería del colegio, con el ánimo de que (si llegaban a penetrar los franceses), después de tirar para impedirles el paso muchas sillas y bancos, que también se previnieron, arrojar sobre ellos toda la metralla de piedras, etc., que se tenía preparada, y aun para que esto se hiciese más libremente, se rompió toda la celosía. También se había resuelto que nuestros operarios, con algunos paisanos en dicho caso, subieran a los tejados y no dejasen teja a vida, sino que todo cayese sobre el enemigo. Entre estas maniobras amaneció la luz, se supo con certidumbre que no habían penetrado los enemigos y que sólo se necesitaba enviar algún refresco a nuestros defensores fatigados por su resistencia heroica. Al momento se remitió cuanto pan había en casa en canastos (llevados algunos de ellos por los mismos religiosos) y varios botos de vino. De este último género se gastarían en ocasiones semejantes de 30 a 40 nietros.
 
 
          Para situarnos mejor, dos aclaraciones: la portería a que se refiere el P. Foncillas se hallaba en la actual calle Boggiero, entonces calle Castellana, pues la calle Conde de Aranda no existía ni la actual fachada del Colegio que da a esta calle. En cuanto al nietro o carga en Aragón tenía 16 cántaros, el cántaro 16 cuartillos; 1 litro equivalía 1’615 cuartillos.
 

ENTRE EL PRIMER SITIO Y EL SEGUNDO

         Una vez los franceses levantaron el asedio de la ciudad, el colegio tardó apenas un mes en abrir las clases, en concreto el 12 de septiembre. En el Libro de Visitas Provinciales se recogen los datos del número de alumnos y sus clases correspondientes en la relación hecha el 2 de octubre: “En la clase de Retórica, 60 discípulos; en la de Medianos, 40; en la de Menores, 70; en la de Mínimos, 80; en la de Cuentas, 40; en la de Escribir, 240; en la segunda de escribir, 220; en la de Leer, 70; en la de Letrera, 80; en la de Primeras Letras, 250”.

          Curiosos los niveles educativos si los comparamos con los actuales; y 1.150 los alumnos que tenía el Colegio en aquel año. En cuanto a los religiosos, también el Libro anteriormente citado los nombra con todo lujo de detalles y distribuidos en tres grupos: Comunidad: 18 escolapios; Hermanos clérigos júniores, 7; Hermanos operarios: 10.

EL SEGUNDO SITIO (21 de diciembre de 1808 – 21 de febrero de 1809)

          Sigue el Lucero describiendo lo ocurrido en la ciudad tal y como lo vivía el P. Foncillas; y esta vez el asedio tuvo éxito y los ejércitos de Napoleón se apoderaron de Zaragoza o lo que de ella quedaba. El horror se transcribe en sus palabras:
 
 

Comenzaron a picar las fiebres pútridas, primero en los hospitales, luego en toda la ciudad con rápido incremento, que en breve llegaron a ser 800 o más los muertos diarios (...) En casa murieron 600 murcianos del Batallón de las Peñas de San Pedro de los 900 que se alojaron en las escuelas y claustros, y en los de arriba, 14 Religiosos nuestros, y una especie de prodigio que no pereciésemos todos.
 

 
           Y sabemos el nombre, día y causa de la muerte de todos ellos. Su lugar de enterramiento, la iglesia del colegio; pero no sólo para los escolapios, sino que otras personas debieron ser enterradas en la misma, dado que era tal el número de los fallecidos cada día que se les daba sepultura en las iglesias que se podía. También de esta acción tenemos documento: el Libro del Secretario guarda relación de personas sepultadas entre agosto de 1808 y marzo de 1809. En ella figuran militares, paisanos, religiosos y religiosas “y otras muchas personas, de las que no queda otra noticia”.

            Un último apunte en este apartado: el P. Dionisio Cueva nos aporta el dato de alumnos que asistían al Colegio en 1815: en Primera Enseñanza 420 y en Segunda, 178. Total: 598 alumnos. (En 1808 eran 1.150) Las cifras hablan por sí solas para demostrar el impacto que supuso la guerra para Zaragoza.
 

CAPITULACIÓN
            Una vez rendida la ciudad, el mariscal Jean Lannes organizó su desfile triunfal en Zaragoza entrando por la puerta del Portillo y dirigiéndose hasta el Pilar, donde presidió un Te Deum en acción de gracias por la victoria; pues bien, este recorrido lo realizó por la calle Castellana (actual Boggiero), por lo que nuestro colegio fue testigo presencial del mismo al pasar la comitiva a su lado.

EXALUMNOS ESCOLAPIOS

           Hemos visto que los escolapios tuvieron su lugar de honor en la contienda; pero también sus ex-alumnos, muchos anónimos pero otros especialmente famosos: sólo me limitaré a nombrarlos pues otros historiadores han escrito con gran acierto sus biografías. E incluso muchos de ellos dan nombre a calles de Zaragoza tal y como nos documenta el P. Pedro Sanz en su libro El callejero de Zaragoza y las Escuelas Pías.

            José Palafox y su maestro el escolapio P. Boggiero (ya nombrado incluso por Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales), Luis Palafox (marqués de Lazán) y su hermano Francisco, el Conde de Sástago, Ignacio Jordán de Asso y del Río, Faustino Casamayor, Jorge Ibor (El tío Jorge), José Mor de Fuentes, Pedro María Ric, Miguel Salamero, Santiago Sas, Felipe Sanclemente (ex-alumno de Barbatro, pero muy activo durante los Sitios) ...

VUELTA A LAS CLASES

            Quiso la estrategia militar que las tropas francesas no consiguieran penetrar en la ciudad por la puerta del Portillo durante ninguno de los dos Sitios (en esta resistencia se enmarca la famosa acción de Agustina de Aragón); si esto hubiera ocurrido, seguro que el colegio habría quedado terriblemente dañado en lo material y en los fondos históricos y bibliográficos que contiene, puesto que habría sido escenario de cruentos combates como les ocurrieron a otros edificios de la ciudad: el Monasterio de Santa Engracia, el Hospital General de Nuestra Señora de Gracia, conventos de San José, Trinitarios, de Jerusalén, etc. y que terminaron en ruinas.

            Cerrado el colegio durante el Segundo Sitio, el 12 de marzo de 1809 un real decreto suprimía todas las comunidades religiosas de Zaragoza (la política de Napoleón en materia religiosa era muy negativa). El 23 de abril recibía el P. Rector la orden definitiva de cierre, debiendo abandonar incluso la ciudad. Pero al día siguiente presentó un escrito a la Junta de Conventos extrañado por tal orden. Y ese mismo día recibió la siguiente respuesta: “Continúen por ahora permaneciendo en esta ciudad y ejerciendo las ocupaciones propias de su instituto”.

             Definitivamente un 2 de mayo de 1809 se abrían de nuevo las escuelas “con grandes aplausos y alegría de toda la ciudad”.