Epílogo

 
   

Este paseo por la Zaragoza de Los Sitios llega a su fin. Todo había resultado inútil. Los franceses entraron en Zaragoza el 21 de febrero de 1809.

No vamos a entonar aquí cantos de gloria por la heroica defensa -a lo largo de todo el anecdotario ha sido exaltada en innumerables ocasiones-, ni vamos a traer testimonios de asombro ante la magnitud de la gesta. Los propios relatos del enemigo que nos combatió -abundantes y unánimes- son suficiente homenaje.

Como zaragozanos, vamos a hablar de nosotros: de nuestro sufrimiento y de nuestro sacrificio.

La dramática descripción -extraída de testigos de trinchera, centinelas franceses y combatientes de primera línea- que transcribimos a continuación, ilustra suficientemente sobre el estado de los últimos defensores, en los últimos días de la lucha y mientras agotaban sus últimas fuerzas:

Los que habían escapado de las mortales epidemias, se consumían por el hambre generalizada o por la sed, luchando por poder respirar la atmósfera de horno que creaban los incendios, lanzándose todavía a otro contraataque suicida contra unas ruinas ocupadas, o trepando a un tejado para desde allí disparar aún unos últimos cartuchos... A menudo se veían caer defensores en su parapeto sin que ningún proyectil los alcanzase, o quedaban de rodillas en medio de un avance, extenuados por el esfuerzo de levantar el fusil, sin haber podido siquiera dispararlo... (RUDORFF, R. Los Sitios de Zaragoza. Guerra a muerte. Grijalbo, 1977)

Tal era el grado de debilidad de los hombres, y tal la situación de agotamiento de una ciudad, que enviaba a sus oficiales, sable en mano, a levantar de las camillas de los hospitales a aquellos enfermos que aún pudieran sostenerse, para -como espectros- dejarse matar o simplemente dejarse morir tras un fardo, tras unas piedras, en un imposible holocausto.

i Qué desesperación, qué bravura... y qué horror!

Cuando sobrevino el hundimiento de todo el frente del Arrabal (el 18 de febrero), la defensa se hizo insostenible. Podían mantenerse quizá unas bolsas de resistencia en torno a las puertas del Portillo y Sancho, pero sin más destino que la muerte. Algunos miembros de la Junta de Defensa abogaban no obstante por este desenlace (hasta la última tapia había dicho Palafox). Otros en cambio -el Brigadier De Torres entre ellos- propugnaban una salida a la desesperada, para intentar abrirse paso, o morir matando.

Tras acaloradísimas discusiones, la evidencia fue imponiéndose en las mentes de todos. Era la madrugada del 20 de febrero. Esa misma mañana y a petición de la junta, entró en la ciudad (por la Puerta del Carmen) el Ayudante de Campo del  Mariscal Lannes, con el encargo de convenir la entrevista con éste, que tendría lugar antes del mediodía.

Escoltados en su triste embajada por un escuadrón de lanceros franceses, D. Pedro Maria Ric y otros siete miembros del máximo órgano zaragozano, se dirigieron a pie (saliendo por la Puerta del Angel) hacia las líneas enemigas, bordeando la ribera hasta la Aljafería, y de allí a Casablanca, donde se hallaba el Puesto de Mando francés, en el edificio de esclusas del Canal Imperial.

Los once puntos del Acta que impuso el Mariscal Lannes sin flexibilidad alguna -más bien con amenazas- quedaron firmados. A la mañana siguiente, los restantes miembros de la junta los ratificaron. El documento (de fecha 21) se guarda en el Archivo Nacional de París. La resistencia en Zaragoza había cesado definitivamente. Es cierto que algunos grupos aislados mantenían cierta belicosidad, y mientras duraron las negociaciones manifestaron muy claramente su oposición a la firma de cualquier acuerdo. De hecho, los parlamentarios zaragozanos pasaron la noche del día 20 en el Castillo de la Aljafería, sin atreverse a regresar a la ciudad, por temor a la posible reacción airada de quienes los acusaban de cobardía. Sin embargo, una vez se hubo ratificado la Capitulación, el desaliento de lo irreversible serenó los ánimos, y tanto la entrada de las tropas francesas como la entrega de armas por parte de los vencidos, se llevó a cabo sin incidentes.

El ejército de Napoleón había luchado durante 62 días para apoderarse de un inmenso cementerio. Los apilamientos de cadáveres insepultos de hombres y animales -pasto de alimañas callejeras, el aire pútrido, la insalubridad, la desolación, las ruinas y la miseria, fueron la victoriosa herencia que los soldados franceses pudieron disfrutar a su entrada en nuestra ciudad. Son numerosos los testimonios del enemigo acerca de su impresión al entrar en Zaragoza, todos ellos coincidentes en el espanto y la desolación. Los esfuerzos de evacuación y desinfección duraron varios días: baste decir que el Mariscal Lannes no pisó materialmente nuestras calles hasta el 5 de marzo.

Conseguirla le costó un total de 32.700 balas de cañón con sus correspondientes 75.000 kilos de carga de pólvora, más los 10.000 kilos empleados en la confección de los hornillos subterráneos. Y la distracción durante dos largos meses, de cerca de 50.000 soldados, entre sitiadores propiamente dichos y fuerzas móviles de protección.

Cuando en la mañana del mismo día 21, hubieron de formar los vencidos ante la Aljafería para rendir sus armas, un sentimiento de estupor -e irritación- recorrió las filas francesas. El General Brandt lo describe así:

Al cabo, apareció la vanguardia de aquellos famosos defensores de Zaragoza. Vimos cierto número de jóvenes, entre dieciséis y dieciocho años, sin uniforme, con mantas pardas y escarapelas encarnadas (símbolo de los partidarios de Fernando VII), fumando despreocupadamente y mirándonos con descaro. En seguida vimos llegar al grueso de la tropa, multitud extrañamente abigarrada, en la que los más tenían un aire tan poco marcial, que los nuestros decían en voz alta que no se debía de haber ocupado tanto tiempo, ni haberse incomodado de tan grande manera, por semejante canalla. (BRANDT, General, "Aventures d'un Polonais au service de la France (Guerre d'Espagne), París 1986.
Cit. en CARCIA MERCADAL, J., "Palafox, Duque de Zaragoza")

La mayoría de esos soldados, al negarse a prestar el juramento de fidelidad a José I, fueron conducidos esa misma tarde a la prisión o al destierro. Tardarían largos años en volver. Y muchos no regresarían jamás.Tradicionalmente, cierta fabulación castrense suele poner en boca de observadores ilustres -variando la procedencia según convenga a la anécdota- este juicio tan particular sobre la tropa española:

El soldado español es indisciplinado, va siempre con las manos en los bolsillos, con una colilla apagada en los labios y no saluda nunca a sus superiores ... ¡Pero es el mejor soldado del mundo!

Por lo que nuestros antepasados zaragozanos pudieran tener de mejores soldados (así al menos se batieron) ....

Por lo que pudieran tener de homenaje los comentarios de general francés Brandt....

Por lo que los protagonistas -hombres y mujeres- de la gesta de los Sitios pudieran aproximarse a ese perfil de nobleza, recia y terca, que nos caracteriza a los aragoneses (gigantes, pero cabezudos)...

Por todo ello.... sintamos nuestra más respetuosa admiración y nuestro más profundo agradecimiento ante tan abnegados patriotas, que supieron dar ejemplo imperecedero.