EL DONATIVO INGLÉS

 
 

Ir a Colaboraciones

ANTONIO SERRANO MONTALVO

Artículo publicado en la revista “ZARAGOZA”, VII (1958)
 

”THE countess Bureta still continued to exert herself in relieving, the suffering of her fellow-citizen", explica mister Vaughan en su diario[i]. Secretario que fué de la Embajada inglesa durante la Guerra de la Independencia y uno de los acompañantes del general Doyle cuando éste visitó Zaragoza el 18 de octubre de 1808[ii], permaneciendo en nuestra ciudad hasta el día 30 del mismo mes, en que salió para Navarra en compañia de Palafox. Tanto Doyle como su lugarteniente William Cavendish y el mismo Vaughan traían una misión informativa: hacer acopio de datos que debían de servir al Gobierno inglés para medir y meditar su ayuda. Por ello no es extraño que la visita de estos anglosajones tuviera un carácter eminentemente diplomático. Caballeros ingleses que miraron con enorme simpatía al pueblo zaragozano, quedando perplejos ante su imponderable valor[iii].

Doyle y Vaughan buscaron el acercamiento, sincero y efusivo, con el grupo de colaboradores del general Palafox, para encontrar la información necesaria con que quedar enterados de todo lo queocurría, tomando contacto con las personas de más influencia social. Los dos ingleses hicieron una gran amistad con la Condesa de Bureta, Dª Consolación de Azlor[iv], tan activa, inquieta y curiosa, quien procuró explicar a los ojos extranjeros toda la riqueza heroica del primer Sitio. Para Vaughan, el personaje más interesante después de Palafox será la Condesa. En ella simboliza el heroísmo zaragozano, mereciéndole auténtica admiración y amistad.

De tal manera que cuando, en 1809, publica su Diary of Saragossa, las 500 libras que saca de su publicación las ofrece a la esposa de D. Pedro María Ric, con objeto de distribuirlas entre las víctimas de la guerra. Amistad que se fomenta y se estrecha con la común estancia del anglosajón y los esposos Ric en Cádiz, durante las Cortes[v].

La ayuda de Vaughan a Zaragoza no es desconocida. Alcaide Ibieca publicó el texto de la carta en que hacia intermediaria a la noble dama de su donativo[vi]. Posteriormente ha sido recogido, más o menos fielmente, el dato por otros varios autores, pero sin determínar sus detalles, importancia social y desenlace, ni el propio Alcaide.

Pero al conseguir conocer la documentación referente a todo este asunto no hemos podido resistir la tentación de estudiarlo. Porque es otra prueba más de la repercusión extraordinaria que los Sitios tuvieron en el extranjero: su popularidad. Esta ayuda, que Vaughan ofrece, galantemente, a la Condesa, nos hace saber cómo su esposo, D. Pedro María, sintió profundamente el no poder conseguir lo mismo con los donativos enviados por entidades y particulares de los virreinatos de América, cuya pérdida no está aclarada, siendo difícil de saber a dónde fueron a parar[vii]. Ambas ayudas simbolizaron la simpatía que se tuvo por Zaragoza en todo el mundo, y el universal deseo de aliviar a los huérfanos, viudas y víctimas, en general, de los Sitios.

El 14 de septiembre de 1813, sir Charles Richard Vaughan escribía a la Condesa ofreciéndole el donativo, rogando su distribución. Aquélla, ya en Zaragoza, de regreso de Cádiz, se pone en contacto con el Ayuntamiento de la Ciudad para "que tenga la bondad de hacer formar la lista de los desgraciados que más han padecido durante los Sitios"[viii], agradeciendo que se le indicara el modo más eficaz para repartir las 500 libras del caballero inglés y suplicando que el Municipio se pusiera de acuerdo con el Cabildo, ya que éste había hecho una relación de huérfanos y viudas del primer Sitio para repartir los donativos que debían llegar de América, pero que nunca arribaron a Zaragoza. El Gobernador de la Mitra, D. Pedro Valero, expresó su conformidad y se dispuso a rehacer la relación de víctimas.

La Condesa de Bureta conocerá en seguida una primera relación, y, también, la sugerencia de la Corporación municipal de que el donativo se distribuya en treinta y un lotes. Más ella, con su habitual perspicacia, deseará concretar el método de la distribución, y en carta al Alcalde (3 de enero de 1814), dice: "Espero que V.S.I. no llevará a mal que manifieste mi modo de pensar para que el reparto se haga de una manera que satisfaga a las personas interesadas y produzca otros socorros en favor de las mismas", proponiendo las siguientes condiciones:

Que los lotes sean treinta y uno: treinta de 320 reales vellón y uno de 400, siendo sorteados en la Casa de la Ciudad a puerta abierta y con la presencia de uno de los Alcaldes, dos Regidores y un Síndico, anunciándose públicamente el sorteo público, para que las personas no comprendidas en la relación tengan tres días para reclamar, pudiéndose poner reparos al mismo. Los afortunados percibirían, de manos del Alcalde, el dinero aquel día, o al segundo del sorteo, según fueran sus deseos.

Una vez que el Ayuntamiento acepte estas condiciones, la Condesa enviará el dinero anticipadamente. Para lo cual cree es hora de que se haga la definitiva relación de los que han solicitado ser incluidos en el sorteo, "con expresión de hijos que tienen, de la acción o ataque en que murieron sus padres o maridos y demás circunstancias que puedan averiguarse, cuyo estado autorizado, y duplicado, convendría enviar al Sr. Vaughan, y al Sr. Roberto, Southey [1], que está escribiendo los sucesos heroicos de esta capital, y apreciaría este documento, que puede ser útil a los pobres, porque la Europa y la América están generosamente entusiasmadas en favor de Zaragoza, y con razón, pues ningún pueblo ha hecho jamás una defensa tan heroica".

María Consolación dé Azlor y Villavicencio sentía el comprensible deseo de universalizar los Sitios. Puesta en contacto con el mundillo diplomático de Cádiz (la cita de Southey lo evidencia), había podido apreciar la resonancia sentimental que en el extranjero había tenido el gesto zaragozano. Tan altísimamente exacerbado, tan desmesurado en su heroísmo, que era lógico, natural, que la mentalidad semirromántica de la época lo acusase y recogiese. Por otro lado, podemos apreciar en las citadas líneas cómo la Condesa, con un deseo loable de justicia, quiere asegurar por todos los medios que la caridad de Vaughan no caiga en el vacío, sino que llegue directamente, y sin más intermediarios, a los agraciados. Pero, además, anhelaba que su nombre y el de sus compañeros de infortunio no se hundiese en el olvido, de modo que al llegar a las manos del donante, historiador aficionado, y también a las de Southey, quedaran especificados para la posteridad.

No sabemos si la relación se envió. No hay indicios de ella. Relación que conoció Alcaide Ibieca[2], y que le sirvió para dar a conocer los nombres de algunos de los caídos en los Sitios.

Los nombres especificados en estas listas son de gente paisana, alistados provisionalmente; muy pocos debieron militar en el ejército regular. En ellas nada se dice de los valencianos, catalanes y murcianos que murieron en el segundo Sitio. Es obligado indicar cómo dichas relaciones, dadas por los párrocos, son desiguales, pues varias exponen bastantes datos: nombres del caído, de la viuda e hijos, lugar donde ocurrió su muerte, situación económica; pero otras (las de San Pablo) tan sólo ofrecen parcamente los nombres y los domicilios. A veces surge alguna noticia de los muertos en la liberación de Zaragoza en 1813. El Cabildo presentó, además, una relación de doscientas cuarenta y tres viudas exclusivamente, sin más datos complementarios. Los huérfanos, doscientos veinticinco.

Se observa que el Arrabal fue un barrio que padeció muchísimo en sus casas de labranza y bienes agrícolas. En cuanto al de San Pablo, quedó diezmado. Su lista de viudas y huérfanos es la mayor de todas las Parroquias, aunque posiblemente este barrio sería económicamente el peor dotado de Zaragoza.

Entre los casos más sobresalientes, cuyas familias se hallaban en la miseria, figura el de D. Francisco Antonio Gorria, proveedor de víveres de la División del General O'Neill, muerto en los primeros días del segundo asedio; el de D. Miguel Berges, fiel medidor del Almudí de la Ciudad, fallecido al terminar el primer Sitio a consecuencia de lo que habla sufrido en éste; el de Sebastián Valencia, arrojado al pozo de Cristobalillas, en la subida de la Trinidad, junto a la Universidad, atado de pies y manos; Jerónimo Medrano, cosido por las bayonetas francesas en Casablanca; Pedro Prucente, prisionero de los franceses cuando traía ganado para los sitiados en el primer asedio; la familia Edo, compuesta de dos hermanos y dos hijos, uno de ellos muerto frente al enemigo; el matrimonio Lacoma, fallecido en el primer Sitio dejando dos huérfanos; el molinero del Pilar, Francisco. Pérez, fallecido al intentar apagar el fuego de la Audiencia o Real Acuerdo, o Pedro Aranzá, muerto por equivocación al creérsele que era un francés, cuando combatía en nuestras líneas; los catorce del Arrabal prisioneros en Francia.

O aquel Manuel Lasala que en la plaza de la Magdalena, el 4 de agosto, resistió a los franceses con un cañón situado en la Puerta del Sol; Nicasio Machan y Pedro Salas, volados en la explosión del Seminario; Manuel Lasheras, Alcalde segundo de la Magdalena, muerto de pesadumbre al enterarse de la capitulación; "El Camorras", o Manuel de Gracia, acabado, por los franceses violentamente; Joaquín Gil Banero, muerto en el reducto del Pilar; Catalina Mondragón, con un brazo roto por los franceses al llevar la comida a su marido, Silvestre Pascual, el día 5 de agosto. En la miseria, igual que los demás, Dª María Peregrina Boggiero, “soltera, hermana del desgraciado, y digno -nos dice el párroco de San Gil, mosén Pedro Manuel Garcés-, de eterna memoria; el Padre Basilio Boggiero de Santiago, que murió gloriosamente; no tiene otro amparo y hoy está sin auxilio alguno". También la viuda de D. Pablo Ordóñez, teniente coronel del Primer Tercio de Voluntarios de Aragón. Y la del célebre capitán Fandos, que tuvo actuación brillantísima en el primer Sitio.

Nombres que nada dicen, que nada indican, que carecen de transcendencia, pero que son los de los héroes anónimos de la aportación popular de los Sitios. Constituyen un corte transversal de vidas y circunstancias digno de tenerse en cuenta. A los cuatro años de la capitulación son muchos hogares los que han quedado totalmente destruidos. La información parroquial puede tomarse como veraz, y nos cuenta la difícil situación económica y social de la Zaragoza de 1814. Problema hondo que percibe palpablemente la Condesa de Bureta y que quiere remediarlo, dentro de lo posible, con una distribución justa del donativo Vaughan.

Igual situación existiría en otros lugares de España, y en especial en Castilla, Andalucía y Cataluña. Légamo social sobre el que pueden construirse los orígenes de los vaivenes políticos de la primera etapa del reinado de Fernando VII. Terminada la guerra, estas familias, en la miseria, podían perfectamente preguntarse si el gesto heroico de Zaragoza había sido un gasto inútil de vidas.

Aunque, sin embargo, había personas que se encontraban muy a su gusto en nuestra Ciudad en 1814: los extranjeros. Eran alrededor de ciento sesenta y nueve los avecindados en ella: ciento cuarenta y dos franceses, cinco alemanes, tres napolitanos, dos suizos, un egipcio, un holandés y un piamontés. Al finalizar la campaña debió de existir en España un evidente espíritu de xenofobia. Todo extranjero, aun el que había servido en las armas españolas, fue purificado, y después de un expediente se le declaraba expulsado de la nación, o ciudadano español, según lo previsto en la Constitución de 1812.

El estudio de los expedientes de expulsión permite poder confirmar que existió una minuciosa depuración de la población foránea, y que a ésta -aun los que llevaban pocos años en España, venidos con el vendaval de la guerra, incluso habiendo servido al enemigo- le era suficientemente agradables nuestra Patria y Zaragoza, como para no abandonarla sin antes hacer todo lo posible para alcanzar la ciudadanla.

Al parecer, Zaragoza no se encontraba tan esquilmada, como se podía deducir de las relaciones hechas a causa del donativo Vaughan. Aún cabría la esperanza de una reconstrucción rápida, pues conforme pasara el tiempo se acentuaría su posición clave en la economía, estrategia y geografía de la cuenca del Ebro.

D. Julián Hernández fue designado por el Ayuntamiento para presidir el reparto de donativos. La fecha quedó fijada para el 18 de marzo, viernes, por la tarde. La Condesa había solicitado del Alcalde que se efectuase en la Sala Consistorial, donde quería tuviese lugar el acto de entrega de los lotes benéficos. Así se efectuó, previo el asentimiento municipal acordado en la sesión del día anterior, con la asistencia del jefe político de la Provincia, D. Salvador Campillo[3].

¿Quiénes fueron los afortunados?. En el Libro de Actas de aquel año nada se dice de sus nombres. Ni en la "Gaceta de Zaragoza", publicada por entonces, aparece ninguna reseña de ellos; ni tampoco las incidencias del reparto de los lotes benéficos. Casamayor, en sus "Anales Políticos"[4] lo cuenta, aunque retrasando, sin ninguna razón, al 16 sorteo y entrega. Fueron agraciados por la "noble bizarría del noble caballero inglés":

1. Pascuala Sanz, viuda de Gregorio de Gracia (San Pablo).

2. Manuela Labrac, cuyo marido estaba prisionero aún en Francia (Altabás).

3. Francisca Guarasa, viuda de Antonio Lorenzo (San Miguel).

4. Manuela Navarro, viuda de Francisco Andrés (Santa Cruz).

5. Camilo y Felipe Aranzá, hermanos, su padre fue muerto, al equivocarse un soldado español, disparándole creyéndole enemigo, (San Nicolás).

6. Josefa Campos, viuda. (San Pablo).

7. Vicenta Arnáiz, tres hijos menores, viuda (San Pablo)

8. María Gómez, viuda de Pedro Andrés, dos hijos (el Pilar).

9. Ignacia Serrano, viuda de José Aznar (San Miguel).

10. María Almarza, pupila (San Pablo).

11. Magdalena Quintín, viuda de Antonio Casaos, dos hijos (San Miguel).

12. José Lasheras, "carpintero de más de ochenta años, el mismo que se representa en las láminas de las ruinas de Zaragoza, y que pide limosna por las calles por haberse quedado baldado".

13. María Ducat, viuda de Antonio Alegre (San Miguel).

14. Agueda Viruete, viuda de Manuel Lasheras, un hijo; otro murió en la plaza de la Magdalena.

15. Manuela Ribera, viuda (San Pablo).

16. Josefa Forcada, dos hijos; "su marido fue hecho prisionero defendiendo el Arrabal y asesinado en el camino de Francia" (Altabás).

17. Narcisa Gómez, viuda de Cristóbal Royo, una hija (Santa Cruz).

18. Benita Serrano, viuda de Ildefonso Lahuerta (el Pilar).

19. Antonia de Asso, viuda de Joaquín Royo (San Pablo).

20. María Royo, viuda (San Pablo).

21. Dª Teresa Lampurlanes, huérfana (San Pablo).

22. Antonia Grasa, madre de Tomás de Gracia (San Miguel).

23. Andresa Melús, viuda con una hija (San PabIo).

24. Miguela Pérez, viuda (San Pablo).

25. Francisca de Mur (San Pablo).

26. Joaquina Royo (San Pablo).

27. María Royo, viuda (San Pablo).

28. María Duerto, viuda (San Pablo).

29. María Torrubia, viuda con dos hijos (San Pablo).

30. Manuela Aznar, viuda de Pedro Prucente, "que en el primer Sitio venía con ganado a Zaragoza para los españoles, y cogido por los franceses murió en la prisión". (San Pablo).

El Dr. D. Julián Hernández, que era Regidor de la Ciudad y catedrático de la Facultad de Medicina, estuvo acompañado por los Vicarios de las santas iglesias de la Seo y del Pilar.

Después, el silencio envolvió el último acto del atareado donativo de sir Charles Vaughan, caballero inglés y secretario de Embajada de S.M. Británica, que al visitar a España y nuestra ciudad encontró el corazón generoso y caritativo de la Condesa de Bureta, de la que su primo José de Palafox y Melzi escribiría, años después, a un diplomático francés: "Avait beacoup de talent"[5], y que amó a su pueblo, al que sirvió con emoción y fervor, porque no tenía otro objeto que el alivio de los pobres y el mayor lustre de la Ciudad.[6]
 


[i] Ch. VAUGHAN: Narrative of the siège of Zaragoza, Londres, 1809. Charles Oman presentó en el I Congreso Histórico Internacional de la Guerra de la Independencia y su época una comunicación al conocer el extracto correspondiente a Zaragoza del Diary of Charles Vaughan in Spaín, 1808, PCInd., I, 241 y siguientes.

[ii] Ch. OMAN: A History of the peninsular War, Londres, 1902, pág. 143.

[iii] M. ALLUÉ SALVADOR: El General Palafox y el diplomático inglés Mr. Vaughan, “Universidad ", XXIV, III, págs. 393-423. Muy interesante trabajo que estudia con veracidad y pasión la embajada Doyle y Palafox.

[iv] M. DE PANO Y RUATA: El inglés sir Carlos G. Doyle y su plan de socorro a Zaragoza, en PCInd., III, págs. 72-92.

[v] M. DE PANO Y RUATA: La Condesa de Bureta. Segunda parte. Zaragoza, 1947, pág. 177.

[vi] ALCAIDE: Historia de los Sitios de Zaragoza. III, págs. 38-55.

[vii] A. SERRANO MONTALVO: Repercusión americana de los Sitios de Zaragoza, "Boletín ,del Instituto Cultural Hispánico de Aragón", IV, págs. 85 y siguientes.

[viii] A. H. M. Donativo de Vaughan, C. 70.

[1]. SOUTHEY: History of the Peninsular War, London, 1820.

[2]Obra citada.

[3]A. M. Z.: Libro de Actas, año 1814.

[4]Faustino CASAMAYOR: Años políticos, 31.

[5]SERRANO MON TALVO: Algunas opiniones del General Palafox. "Zaragoza VI".

[6]Carta de la Condesa de Bureta al Alcalde de Zaragoza, 3-1-1814.

Ir a Colaboraciones